Ignacio Flores G., MG

A veces, cuando uno quiere hacersu trabajo de la mejor manera, no se deja de pensar en todas las cosas que tienen que tomarse en cuenta para que todo salga conforme a lo planeado. En mi trabajo como promotor vocacional este es el principal propósito, tanto para el equipo de seminaristas, laicos y Padres, como para un servidor en forma más especial. Lo curioso es que a pesar de los titánicos esfuerzos que se pudieran hacer, Dios siempre pone su huella personal para que en definitiva todo salga según su voluntad. Cuando esto se hace evidente no puedo sino compartir los frutos de lo que nuestro Señor realiza en el Centro de Orientación Vocacional (COV) de Misioneros de Guadalupe.

A continuación les comparto la carta enviada por uno de nuestros compañeros de aventura vocacional: Joel H. P.

 

A quién corresponda:

Ya han sido dos encuentros en el Centro de Orientación Vocacional (COV) que he tenido la oportunidad de vivir a la fecha: el primero se dio en el mes de septiembre y el segundo lo vivimos en octubre;  espero el tercero que será en diciembre, uno de los meses más hermosos de todo el año y que estamos ansiosos de vivir, porque estaremos realizando actividades que me llenan de entusiasmo y volveré a ver los rostros de hermanos que estimo de todo corazón.

Estos retiros vocacionales son más como encuentros de convivencia con gente de varios estados del país. Aquí se tienen pláticas de orientación vocacional, oraciones, juegos de mesa, deportes y actividades de cultura y arte, como teatro y música, entre otros. Lo principal es que uno convive con gente que también busca dar una respuesta al llamado de Dios. Son convivencias con gente de 13 a 32 años, todos afines a ese sentimiento que provoca Dios en la vida, a esa locura de amor en donde no te importa el dinero ni el mañana, sólo la oportunidad de expresar tus ganas de vivir con gente que siente ese mismo amor de Dios en nuestro existir.

También están las noches de desvelo platicando con algún integrante del cov acerca de temas relacionados con Dios, donde tienes la oportunidad de contar parte de tu vida, echar relajo, ver una película, sentirte lleno de vida y acompañado por gente que anda en busca de lo mismo que tú; o esas peleas de hermandad por ganar una regadera; la oración de acción de gracias por un día más de vida, realizada en el sagrario, donde encontramos al Santísimo en la Eucaristía y feliz de tenernos ahí reunidos en las actividades; las comidas tan ricas y preparadas con amor; las charlas entre todos los hermanos; las quejas cuando te toca lavar trastes, los baños, los cuartos y otras habitaciones más, que sin embargo uno termina realizando con todo gusto; los juegos en los que te hartas de risa; los hermanos seminaristas que juegan el papel de “nanas” y te hacen la vida más hermosa; los hermanos que se ponen apodos sanos y te da mucha risa; esas caminatas fuera del seminario en donde nos unimos para rezar a la poderosa Reina María, y un sin fin de experiencias y detalles que quedan como parte de nuestra vida, porque son hermosas, sanas, divertidas, amenas, de hermandad y, sobre todo, nos hacen sentir que Dios se encuentra ahí, en cada una de las personas y cosas del seminario, y te dan esperanza y motivación para que algún día, si Dios lo quiere, ingresemos al seminario para prepararnos a ser esclavos del Señor y ser enviados por Él a donde quiera, para lo que quiera y de la manera que quiera, pero siempre agradecidos ya que puso su mirada en nosotros para servirle.

Esto es parte de lo que les puedo compartir en mi experiencia en el cov. ¡Muchas gracias de todo corazón a todos los que trabajan en el cov! Acá oramos por ustedes, así como sabemos que ustedes oran por nosotros. ¡Se les estima mucho!

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Estimados lectores, cuando leí esta carta que Joel nos escribe sobre su experiencia en el cov, me dio gusto y agradezco a Dios y a ustedes, Padrinos y Madrinas, pues hacen posible que ya desde antes de entrar al seminario los muchachos interesados en ser sacerdotes misioneros vayan encontrando alegría y felicidad en su encuentro con el Señor. ¡Dios los bendiga, queridos bienhechores!

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