P. Antonio de J. Mascorro T., MG

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El Padre Antonio Mascorro comparte la historia de una joven laica que trabaja como voluntaria en Etiopía.

Con el propósito de tramitar la visa para Angola llegué a Bole, el nuevo aeropuerto internacional de Etiopía. Tenía previsto pasar una semana en este país, aprovechando la hospitalidad de los Padres jesuitas, quienes me recibieron amablemente.

Además de conseguir la visa deseada, conocí algunos de los lugares turísticos de la ciudad capital y disfruté de la comida típica. Sin embargo, la experiencia más significativa fue mi encuentro con Mireya, una guapa y joven actriz libanesa que presta servicio como voluntaria con las Hermanas de la Caridad en un barrio pobre de Adís Abeba, donde el espíritu de la Madre Teresa de Calcuta une a jóvenes voluntarios de diferentes nacionalidades.

Nuestro primer encuentro se dio en la casa de los jesuitas. Mireya vino a visitar a uno de los Padres y, al llegar el tiempo de la cena, no pudo negarse a acompañarnos y amenizar la comida con su interesante plática y una sonrisa cautivadora que hace juego con sus grandes ojos, enmarcados en su blanco rostro, bañado con su pelo claro. Después de cenar la acompañamos al convento, que está sólo a algunas cuadras de distancia, y regresamos a descansar.

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Al día siguiente, atendiendo el pedido de los jesuitas acudí puntual a presidir la Eucaristía en la casa de las Hermanas de la Caridad.  Descubrí la sonrisa de Mireya entre la gama de rostros (que va del blanco al negro) de muchos jóvenes voluntarios, algunos de los enfermos que son atendidos en ese centro de asistencia y un buen número de Hermanas vistiendo el sencillo hábito blanco con vivos azules que les caracteriza. Al verla, guardé una pregunta en mi memoria, y después inicié la celebración.

Al concluir la Misa me encontré con Mireya y lancé la pregunta: ¿Cuál es el secreto de tu sonrisa? Me respondió con otra sonrisa y sólo dijo que luego me platicaría esa historia, así es que no me quedó más que esperar hasta el siguiente día para escuchar la revelación.

Al día siguiente Mireya abrió el diálogo con estas palabras: “Padre, para muchos, especialmente para mi familia y mis amigos, yo debo estar loca, porque, teniendo la oportunidad de continuar con mi carrera como actriz o dar clases en la universidad, estoy en este barrio pobre de Adís Abeba, tratando de ayudar a unos desconocidos”. Continuó:  “Sabe, en Líbano, diariamente, pasamos por situaciones muy difíciles: estamos acostumbrados a ver que una bomba nos destruya todo y hemos aprendido que el estar vivos nos obliga a levantar y reiniciar… Estamos expuestos a morir en cualquier momento. Sin embargo, yo no tengo miedo a morir, no pienso en el mañana y trato de vivir el presente intensamente”.

Yo continué escuchando lo que Mireya me decía: “En relación a su pregunta, le diré que mi sonrisa es un regalo de Dios del que no había tomado conciencia hasta el día en que, en una sala de hospital, visité a una anciana que, deprimida por el cáncer, tenía la vista perdida. Me acerqué a ella, tomé su mano y, sonriendo, traté de darle un poco de esperanza. Una vez que logré captar su atención, le empecé a platicar y, cuando arranqué una sonrisa de su rostro arrugado, me encontré con la mirada de Dios que, a través de sus labios, me dijo: ‘Tienes que llevar tu sonrisa a los que ya no pueden sonreír’”.

Hizo una pausa, como reflexionando, y prosiguió: “Lo ve, Padre, por ello estoy aquí… ¡Soy una loca que está decidida simplemente a vivir sin miedo, a compartir mi sonrisa y a ofrecer mi esfuerzo para ayudar a otros! Estoy segura de que Dios me ha traído aquí y, mientras pueda hacerlo, seguiré colaborando con mi granito de arena. Después no sé, tal vez regrese a mi país para invitar a los jóvenes a dar sentido a sus vidas… Pero no sé, Dios sugerirá mi rumbo”.

En ese momento otros voluntarios llegaron a donde estábamos para pedirle a Mireya que llevara el desayuno a algunos enfermos. Ella se disculpó conmigo. En un pequeño papel escribió su dirección de correo electrónico y simplemente me dijo: “Seguiremos en comunicación y seguiré contándole más de mi sonrisa”. Guardé el papel como un tesoro, pero por las peripecias del viaje y estancia en Angola se me extravío. Por eso no he sabido más de Mireya. Sin embargo, estoy seguro de que Dios, a través de su sonrisa, sigue llevando esperanza a quienes la necesitan.