editorial_julio

La convivencia con nuestros semejantes es una práctica unida de manera íntima a nuestra esencia como seres humanos. Todos convivimos con otras personas, primero a nivel familiar y después en los diversos ámbitos donde se desarrolla la vida social: la escuela, el trabajo, la iglesia, los grupos con intereses en común (deportes, pasatiempos, etc.).

Vivir con otras personas se deriva de la misma condición humana y es una circunstancia que puede convertirse en algo insufrible si no aprendemos a acoger a los otros, si no mantenemos una actitud abierta que nos permita conocer a los demás y reconocer la valía de aquellos que son distintos a nosotros. Es tarea de cada persona ofrecer un contenido positivo a la experiencia de vivir con seres distintos y proponer los caminos que conduzcan a una convivencia plena.

El deseo de Dios es que los hombres formemos una única familia, que cada encuentro con nuestros semejantes se alimente del mensaje de paz y el espíritu de fraternidad que Jesucristo vino a enseñarnos. Para ello no basta con “tolerar” y “respetar” a nuestro prójimo, eso es únicamente el inicio; debemos permitir e incluso invitar a que nuestros semejantes, por mayores diferencias que tengan con respecto a nosotros, formen parte de nuestras vidas y compartan la alegría, la fe, la esperanza y hasta las preocupaciones que nos conforman.

La fe es el espacio que nos acerca a Dios, pero también es a través de ella, mediante la práctica de las enseñanzas evangélicas, que debemos hacernos hermanos incluso de aquellas personas con las que pareciera que no tenemos nada en común, pues todos cohabitamos en este planeta. Por ello invitamos a nuestros queridos lectores y bienhechores a convivir de una manera abierta y amable con sus semejantes.

¡Sólo siguiendo los pasos de Jesús avanzaremos hacia la construcción del Reino de paz de nuestro Señor aquí en la tierra!