2014, agosto, editorial

Cuenta el Evangelio de Juan que cuando Jesús entró en Jerusalén, en la época en que se celebraba la Pascua, algunos griegos adheridos al Dios de Israel, se acercaron a Felipe y pidieron ver a Jesús. Ellos querían saber quién era Jesús, y en esa misma ocasión se oyó una voz del cielo que dijo: “Lo he glorificado y lo volveré a glorificar”; era un anuncio de la obra de salvación que realizaría Jesús (cfr. Jn 12, 20-36).

Aquellos griegos querían acercarse a Jesús movidos por la curiosidad que Él levantaba: querían saber quién era (no únicamente como hombre), de dónde venía y qué respuestas fundamentales podrían hallar en Él. De la misma forma, en la actualidad la pregunta sobre el sentido de la vida continúa vigente y es de gran importancia en el desarrollo de cada persona, sobre todo en los jóvenes.

En un mundo en el que se evidencia más la falta de fe, de solidaridad, de esperanza, pareciera que el sentido de la vida se diluye en la obtención de goces inmediatos y materiales. Sin embargo, en el corazón de cada persona prevalece siempre el deseo de ver a Dios, de dejarse iluminar por la luz de la verdad.

Dios nos ha creado porque nos ama y nos ha revelado su rostro de misericordia en Jesucristo, que murió para nuestra salvación. Por ello debemos acercarnos a Él sin temor y sin prejuicios; debemos establecer una relación con Él, conocerlo, para transformar nuestras vidas. Este es el camino de la fe.

Nuestra libertad se hace más plena en la medida en que aceptamos el plan de Dios para nuestras propias vidas y procuramos transformarnos mediante la vivencia de las virtudes evangélicas. Así, el rostro de Jesús se nos hace presente en la caridad hacia nuestros hermanos más necesitados (espiritual y materialmente) y en las acciones de nuestra vida comunitaria dentro de la Iglesia.

¡Quiera Dios que muchos jóvenes vean el rostro de nuestro Salvador y llenen su vida de esperanza en la búsqueda de un mundo mejor!