P. Antonio de J. Mascorro T., MG

El Padre Antonio Mascorro nos comparte una experiencia misionera en Kenia.

Tal como lo teníamos contemplado, la Semana de Misión durante la época navideña en la Parroquia de San Pablo, Namanga, Kenia, arrancó con la Misa de envío. Más de 40 de nuestros feligreses recibieron las coloridas cruces de chaquira que bendije y después coloqué en su pecho, y todos las portaron orgullosos, como signo de su envío.

Las actividades de la Semana de Misión se organizaron en cuatro centros y todos empezábamos temprano con el rezo del Rosario. Los temas, las horas santas y, sobre todo, la Eucaristía no podían faltar, pero gran parte de nuestro tiempo se dedicó a las visitas, casa por casa, para anunciar la Buena Nueva.2014, agosto, nuestros articulos, P. Antonio Mascorro

Por cierto, uno de esos días, después de tomar el té acompañado de un trozo de pan con mantequilla, el equipo del día se mostró listo y únicamente estaban en espera del banderazo de salida. Cuatro señoras, un seminarista y un servidor (llevando en la mano un bastón de madera que se volvió inseparable durante mi estancia en la parroquia) emprendimos la marcha por las irregulares calles de ese barrio que, además del abundante polvo y el calor sofocante, se distingue por la gran presencia musulmana.

Los ojos sorprendidos de algunas mujeres vistiendo su clásico bui bui (.vestido negro que las envuelve de pies a cabeza) no nos intimidaron, y a voz potente cantábamos alabanzas mientras aumentábamos metros a nuestra cuenta. Para cuando el sol estaba en lo más alto y el calor casi se tornaba insoportable, ya habíamos visitado cerca de 10 familias y nos encontrábamos en un pequeño vecindario, llamando a la puerta de uno de sus cuartos. Ahí fuimos recibidos por tres jóvenes venidos de otras tierras en busca de fortuna, quienes al instante nos invitaron a pasar. Una cama, un colchón en el suelo, algunas sillas y cosas personales aún en las maletas, todo acomodado en un espacio de menos de 20 m2.

2014, agosto, nuestros articulos, P. Antonio Mascorro

Aquel lugar fue el oasis que sin duda ya necesitábamos. Dentro de las presentaciones descubrimos que sólo uno de ellos, de nombre Policarpo, era católico, pero los otros dos, también cristianos aunque de algunas sectas, amablemente aceptaron nuestra presencia y, devotos, se unieron a la oración. Después de leer la Palabra de Dios y hacer algunos comentarios al respecto, les preguntamos si tenían alguna intención particular por la cual pedir. Policarpo, quien se notaba un poco conmovido, dejando ver en su rostro una cierta emoción, tomó la palabra y nos pidió que le permitiéramos compartir algo sucedido ese mismo día, cuando se dirigía a comprar el pan del desayuno.

Mencionó que por la mañana llamó su atención escuchar un canto al Espíritu Santo que provenía de la voces de un pequeño grupo (¡éramos nosotros!). Dijo que le impresionó verme caminando al frente del grupo, llevando en la mano un bastón; de inmediato imaginó a Moisés guiando a su pueblo por el desierto en busca de algo mejor. “Durante el día —continuó— he traído esa imagen grabada en mi mente, pero ahora la sorpresa es mayor, pues ustedes están aquí entre nosotros, invitándonos a vivir de manera especial esta Navidad”. ¡Todos recibimos con gratitud y regocijo la revelación de Policarpo!

El mismo Policarpo pidió que rezáramos por los jóvenes, para que Dios les conceda sabiduría y puedan así tomar las mejores decisiones en su vida, pues a veces es difícil descubrir su voluntad. La voz de una de las señoras de nuestro grupo rápidamente dio respuesta a aquel pedido y los demás nos unimos a su oración. Finalmente invité a Policarpo a participar de la Misa dominical, y luego les di la bendición.

Como despedida Policarpo nos pidió que repitieramos el canto al Espíritu Santo, y entonces sonó más potente, hizo eco entre los cuatro muros y resonó fuerte en nuestros corazones. Daba la impresión de que no deseábamos terminar de cantar, pues incluso llegamos a repetir varias estrofas.

Los miembros del grupo dejamos aquel oasis con un grato sabor de boca y, llenos de entusiasmo, iniciamos otro canto mientras nos dirigimos a la siguiente casa. Cerca de las 2 p. m., agradeciendo a Dios la experiencia vivida, nos dirigimos en busca del alimento, que ese día, amablemente, nos ofrecería Mary Njoki.

A partir de entonces Policarpo empezó a venir a Misa. Los domingos lo alcanzo a ver, muy atento a la celebración. En una ocasión trajo su rosario misionero y me pidió lo bendijera; además, me comentó que reza de manera frecuente y por las mañana lee las lecturas de la liturgia del día. Ya se le dio la bienvenida en la comunidad de base y se muestra muy interesado en seguir profundizando en su fe. Se le ve contento y todavía sigue conservando en su memoria la foto de aquella Semana de Misión por la Navidad, cuando un servidor, llevando en la mano un viejo bastón, caminaba para compartir nuestra experiencia de Dios.

Policarpo percibió nuestro caminar como un signo que le invitó a buscar algo mejor. Pienso que él va caminando con paso firme hacia la Tierra Prometida. ¡Quiera nuestro Padre que su fe se siga fortaleciendo y que la sabiduría de Dios, por la que pidió aquel día, lo siga guiando!