2014, septiembre, editorial

Contrario a lo que muchas ideologías nos quieren hacer creer en la actualidad, la vida sin Dios no tiene propósito, y sin propósito la vida no tiene sentido. Y así, la vida sin sentido no tiene significado ni esperanza.

Es tarea de los católicos, de los misioneros en particular, alimentar la esperanza donde se debilita, o llevarla a los lugares en los que no se conoce. Por eso, tanto en México como en los diferentes países donde tenemos presencia los Misioneros de Guadalupe hay esperanza. Gracias al trabajo que realizamos nos acercamos a ser mejores discípulos de Jesús, aunque muchas veces, quizá la mayoría, tenemos que navegar contra la corriente.

Hoy día es necesario que Dios colme nuestra felicidad y guíe nuestras vidas. Cuando llevamos al Padre en nuestros corazones nada resulta imposible y cualquier carga se hace soportable. Así mismo, todo proyecto que pretendamos construir y toda vivencia que experimentemos serán momentos de felicidad cada día.

Esta es la manera en que alcanzaremos a realizar lo que Dios desea que hagamos en nuestras vidas. Pero lo primero que debemos hacer es estar atentos y enfrentarnos a aquello que pueda dañar nuestra relación con Él. Y es que nada puede ser más importante en la existencia humana que conocer los propósitos del Padre para nuestra vida.

Sin un propósito la vida pasa sin sentido; es únicamente movimiento sin dirección, una existencia sin significado. Por ello podemos afirmar que nada puede compensar el hecho de no conocer el plan de Dios para cada uno de nosotros. Es Él quien nos da sentido y propósito para vivir todos los días; es Él quien nos da la esperanza necesaria.

Lo más terrible que puede experimentar una persona es caminar la vida desprovisto de una finalidad. Por eso este mes, queridos lectores, los invitamos a preguntarse: ¿Cuál es mi propósito?¿Qué es lo que Dios quiere para mi vida?