En este mes que la Iglesia dedica a recordar en particular la tarea de evangelización que Jesucristo nos encomendó, compartimos con nuestros lectores algunas consideraciones acerca de lo que significa ser sacerdote misionero.

2014, octubre, editorial

Un misionero dedica toda su vida a plantar la semilla del Evangelio, a edificar la Iglesia de nuestro Señor, aun a pesar de sacrificar lo mejor de sí mismo. Es un caminante persistente que viaja por lugares donde no existen caminos ni veredas; inventa el rumbo que habrán de seguir después otros emisarios para hacer llegar el mensaje de Salvación a las personas que más lo necesitan. Por eso podemos decir que un misionero es un viajero inquieto, pero al mismo tiempo un fiel hombre de Dios.

Un sacerdote misionero vive de una manera especial y particular su vocación, su sacerdocio. Se encuentra a medio camino entre el Cielo y la Tierra; reconoce la omnipotencia de nuestro Padre y se enfrenta a la debilidad del ser humano; se enfrenta a momentos y situaciones desconcertantes, en las que la bondad del prójimo le muestra el mismo rostro misericordioso de Jesús que él mismo está destinado a revelar. Para el misionero es precisamente el encuentro con los demás lo que le proporciona más sufrimientos y más alegrías.

El misionero esta destinado a caminar por donde Dios le señale para tener encuentros con los hermanos que más lo necesiten, ya sean aquellos que nunca han oído la Buena Nueva o aquellos que se han alejado de las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo. El misionero está destinado a enfrentar desafíos, a caminar ahí donde el mal parece reinar para penetrar en las conciencias, en la interioridad de los otros, y acercarlos fraternalmente a nuestra fe.

El trabajo del misionero es arduo, exigente, demandante. Por eso su labor se apoya de la benevolencia de todo el Pueblo de Dios, que lo sostiene material y espiritualmente, que le brinda su auxilio para llevar a cabo la más noble de las labores que es propagar el Evangelio.