P. Ignacio Flores G., MG

Cada persona, en cada momento y cada lugar, tiene sus propios planes y caminos de acuerdo a la voluntad que Dios siempre respeta en la libertad de cada quien. En efecto, es en ese mismo respeto donde el Señor sigue llamando a cada joven no solamente a la vida sino también a su servicio.

2014, noviembre, Pastoral vocacional, P. Ignacio Flores, Jóvenes, México

Por ejemplo, recuerdo que durante muchos meses dimos acompañamiento vocacional a un joven originario de Taxco, Gro., llamado Luis. Este muchacho se caracterizaba por la búsqueda constante de su lugar en el mundo y por querer agradar a Dios de la mejor manera. Como todo joven, había muchas cosas que eran atractivas en su proyecto de vida y le llamaban la atención. Él nos acompañó a la experiencia anual de campo misión y participó en varias reuniones del Centro de Orientación Vocacional (COV). Él nos mostró deseos de llegar a ser un sacerdote misionero, sobre todo cuando se sentía muy animado de ingresar a la vida religiosa por la recomendación y el apoyo de un sacerdote MG que actualmente es misionero en Hong Kong.

El tiempo del preseminario llegó y todo parecía apuntar a que nuestro candidato a la vida misionera estaba listo para ingresar. Sin embargo, unos días antes a considerar su ingreso al Instituto, muy sinceramente y con confianza en sí mismo, nos comentó que no ingresaría al seminario porque tenía otros intereses.

A los Padres promotores veces nos resulta difícil entender este tipo de actitudes tan cambiantes. Sin embargo, como mencioné anteriormente, la decisión de un joven que quiere entrar al servicio de Dios nunca le pertenecerá a un sacerdote sino al propio deseo del joven y la voluntad de Dios. Entonces agradecimos la confianza de Luis y después supimos que se dedicó al futbol profesional.

En un ambiente de libertad y respeto cada quien siguió su camino: él como jugador de futbol y nosotros como promotores, animando a otros muchachos para que sus vocaciones respondan al llamado misionero. Pero al paso de unos meses Luis llamó a la oficina de promoción vocacional. Después de un saludo, comenzó a preguntar si sería posible regresar al COV; había algo de miedo e incertidumbre en su tono de voz. Recuerdo que le dije: “¡Bienvenido!”.

En el siguiente encuentro de mes el muchacho retomó su acompañamiento y al final del año nuevamente le preguntamos si quería seguir a Dios como un posible sacerdote misionero y nos respondió: “¡Sin duda!”. Luis hizo su preseminario y, al igual que otros compañeros, hizo su solicitud de ingreso al Seminario Mexicano de Misiones.

Ha pasado algún tiempo y ahora el joven futbolista es también seminarista. Se le ve por los pasillos del Instituto, mete goles en los campos y ha comenzado su formación para un día ser enviado por la Iglesia católica mexicana a tierras de Misión.

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Al recordar el caminar de varios jóvenes que siguen a Cristo y dejan muchas cosas, creo que lo que convierte a un joven en seminarista no es el tiempo que dedicamos los Padres promotores al acompañamiento, sino la paciencia y la invitación que Dios hace coincidir con los proyectos de vida de estos jóvenes inquietos por la Misión.

Sigamos pidiendo a Dios por tantos muchachos que en las encrucijadas de sus vidas buscan aclarar el llamado que escuchan en su seguimiento a Cristo.