Seminarista Oswaldo J. Castro V.

Recuerdo que cuando recién había llegado a Japón escuchaba hablar mucho del tsunami que dos años antes había ocurrido en esta Tierra del sol naciente. Lo primero que se me venía a la mente era imaginar una gran fuerza destructora, que en muchas partes del mundo había hecho de las suyas.

En Japón el tsunami de 2011 dejó miles de muertos e incalculables daños en la sociedad. Yo me preguntaba (y sé que mucha gente también) por qué Dios permite que pasen cosas tan terribles en el mundo. Había muerto mucha gente inocente: niños, jóvenes, ancianos, gente con ganas de vivir, pero en unas cuantas horas sus vidas les habían sido arrebatadas. Me parecía algo difícil de creer, y lo único que me podía responder en esos momentos era que así debía suceder.

2014, diciembre, Desde el Seminario, S. Oswaldo Castro, Japón

Después de comenzar con nuestros estudios de la lengua, los seminaristas fuimos enviados a colaborar en las bases de voluntariado que Caritas y el gobierno japonés tienen en las zonas de desastre. Ahí me di cuenta de otra realidad, después de vivir una intensa experiencia.

Llegamos al centro de voluntariado como cualquier otra persona de las miles que en el transcurso de esos dos años habían ayudado en las labores de limpieza de escombro, entre otras tareas que se estaban realizando. Lo que más me llamaba la atención era el cambio que había producido este fenómeno en las vidas de muchas personas. Se podía encontrar gente de todas partes del mundo que había dejado la universidad o su trabajo por irse un buen tiempo a ayudar en los lugares de desastre. Había personas de diferentes razas, religiones, niveles sociales, todas unidas con un mismo objetivo, trabajando hombro con hombro, como si en ese momento lo único que importara en el mundo fuera ayudar al prójimo.

El tsunami destruyó pueblos enteros, pero lo material es lo más sencillo de reconstruir y ahora ya no hay tanto trabajo pesado que hacer. Pero las vidas perdidas no se pueden recuperar y, al convivir con las personas que sufrieron esta tragedia, que perdieron a toda su familia y ahora se encuentran solas, me he dado cuenta de que una persona destruida por dentro es muy difícil que recupere las ganas de vivir; se llevan muchos años de acompañamiento personal para que esto suceda.

A más de tres años de la tragedia todavía hay muchas personas sumidas en una gran depresión. Ahí es donde nosotros podemos encontrar el rostro de Cristo, en la persona que está sola, que sufre, que está destrozada por dentro. Ahí es donde tenemos que demostrar el amor de Dios y llevarles esa alegría para que recuperen las ganas de vivir.

Con esta experiencia he visto que mucha gente lleva el amor de Dios aunque no se dé cuenta de ello. Entonces el amor de Dios llega como un gran tsunami a las personas necesitadas por medio de toda la gente que generosamente colabora, ya sea directa o indirectamente. Nosotros, como seminaristas de Misioneros de Guadalupe en Japón, tenemos el compromiso de estar con quienes más necesitan amor.

Ahora cuando vuelvo a preguntarme por qué Dios permite que ocurran desastres, ya sean causados por la naturaleza o causados por el hombre (como la guerra, el hambre, etc.), me doy cuenta de que es para demostrarnos el gran amor que nos tiene.

2014, diciembre, Desde el Seminario, S. Oswaldo Castro, Japón