Sem. José Francisco Ferrusca Rosas

Al comenzar el mes de agosto aquí en Japón el calor del verano está a todo lo que da. En ese tiempo también tuve vacaciones de verano dentro del estudio del idioma japonés, por lo que me gustaría compartirles un poco de lo vivido durante este periodo de descanso de la universidad.

Los seminaristas MG acostumbramos llamar “campo misión” a las actividades pastorales que realizamos en los periodos de las vacaciones escolares. En México se tiene la costumbre de apoyar en parroquias de difícil acceso, como lo son aquellas ubicadas en comunidades rurales. Aquí en Japón nuestro campo misión lo hacemos acompañando como voluntarios en la parte noreste de Japón, en la zona afectada por el tsunami del año 2011.

FranciscoFerrusca Rosas, de voluntario virtiendo desperdios en un contenedor.

Han pasado más de tres años desde aquella tragedia y sin embargo, para bastante gente de la región, pareciese que fue apenas hace algunos días desde entonces. Como voluntarios hemos apoyado en la región de Minami San Riku, uno de los pueblos costeros que fueron arrasados casi por completo por la fuerza del mar. En cuestión material, la gente perdió todo, no sólo su casa y sus bienes, sino también su fuente de trabajo. Antes del tsunami este pueblo vivía de la pesca, el campo y el turismo de la zona, pero gran parte de eso se lo llevó el mar. Si se mencionan las pérdidas humanas cada relato entristece, así que únicamente menciono que ha sido sumamente difícil para ellos.

No obstante, en medio de la tragedia, el sol de la colaboración y la unidad está anunciando un nuevo día para la región. Varios grupos de voluntarios de distintas partes de Japón e inclusive del extranjero han llegado durante estos años para prestar su tiempo y su trabajo en favor de los hermanos necesitados. La Iglesia católica no ha sido ajena a la situación, sino que, muy por el contrario, ha estado como una madre que consuela y auxilia, y a través de Caritas Japón abrió y sigue solventando bases de voluntariado.

Por mi parte, en esta ocasión estuve casi un mes como voluntario en representación de Misioneros de Guadalupe. Cada mañana en la base de voluntariado se tiene un poco de oración muy temprano, después se toma el desayuno y se realiza la preparación del famoso onigiri, que no es otra cosa que un bolo de arroz al cual se le pone un chabacano y un pedazo de alga seca, y que allí sirve como el almuerzo del día. Desde la base los voluntarios somos trasladados hasta los distintos lugares de trabajo. Durante casi dos semanas me tocó ayudar a los pescadores en la limpieza de ostiones junto al mar. También algunos otros días estuve trabajando en campos de siembra de flores y preparando la tierra para la siembra de vegetales. Todo ello con gente que está luchando por recomenzar.

Cinco voluntarios de campo misión en Minami, Japón.

El trabajo al lado de esta gente es mucho. Sin embargo, ellos agradecen cada gesto que reciben de parte de los voluntarios. A su vez, cada voluntario es enriquecido con esta experiencia. Para mí ha sido valioso ser testigo de la manera en que muchos de los que perdieron a su familia y sus bienes personales, que estaban sumergidos en la tristeza, han retomado una fuerza esperanzadora de recomenzar. Considero que con estas muestras se nota claramente la acción de Dios en medio de esta tierra de Misión.