P. Ignacio Flores G., MG

¡Qué tal! Soy un sacerdote misionero y quiero lanzarles una invitación: ¿No les gustaría?

Déjenme contarles de que se trata. Hace algunos años fui enviado a prepararme para el sacerdocio misionero en África. Ahí tendría que instruirme en los estudios teológicos para más adelante servir como sacerdote misionero en aquél continente. Esto que les quiero contar sucedió específicamente en el país de Kenia.

Entre los países africanos uno de los más desarrollados es Kenia, por lo tanto, muchos emigrantes se dirigen a esta nación para encontrar mejores condiciones de vida. Fui ahí donde por medio de un feligrés de la parroquia conocí a un muchacho que me habló de un amigo suyo, proveniente del país africano Burundi, quien había llegado a Nairobi, la capital de Kenia, para estudiar y a prepararse mejor. Me comentó que su amigo estaba muy interesado en aprender el idioma español, y como sabía que los Misioneros de Guadalupe, por ser mexicanos, hablábamos este idioma, me dijo: “¿No te gustaría?”. “¿Qué?” –respondí, sabiendo de antemano lo que pretendía–. “Ayudarlo” –comentó–. En su petición yo percibía un mensaje escondido que me incitaba a ayudarlo, porque me insistía sobre el interés de su amigo y daba muy buenas referencias de aquél muchacho burundés que respondía al nombre de Juan Pablo y yo aún no conocía.

Lo pensé dos veces, pues debía medir mis tiempos entre los estudios, el apostolado y las actividades de la casa de formación donde vivía, pero al final me dije: “¿Por qué no?. Sería interesante comenzar a realizar un apostolado extra, enseñando mi lengua en un país extranjero”. Así que concertamos una cita, nos conocimos y en uno de los salones parroquiales comenzamos las clases.

Pasaron algunas semanas y Juan Pablo me comentó que le gustaba cómo daba las clases, por lo que me preguntó si podría invitar a un amigo. Como yo veía su entusiasmo y su  eterminación para aprender el idioma, sentí que no habría ningún problema. A la clase siguiente llegó Onesmas, otro joven burundés de pequeño tamaño. Después de algunas semanas ya nos saludábamos, decíamos nuestro nombre en español y crecía la amistad. ¡Fue una experiencia docente muy bonita y nueva para mí!

A los cinco meses se unieron también Hilario, Jean (Juan) y Dafrosa, estos dos últimos eran un matrimonio joven que se interesaba por aprender español y, sobre todo, por la dinámica de cada clase. Por mi parte, como tarea les dejaba traducir un pequeño pasaje de la Biblia, los ponía a leer frases de cuentos o de la revista Almas. Otras veces leíamos la Biblia o veíamos películas en español. Así, a su ritmo, iban conociendo algo de nuestro idioma. No utilicé un modelo meramente académico, sino que me basé en las experiencias de lo que ellos vivían y sentían. Creo que eso los motivó a hablar más español y a esforzarse, principalmente cuando hablaban de su país de origen. Recuerdo que sus emociones se  expresaban con claridad y que sus ojos brillaban cuando me hablaban de sus costumbres, tradiciones y experiencias de vida. A mí me pasaba lo mismo cuando les hablaba de México, y eso nos hacía simpatizar bastante.

P. Ignacio Flores G., MG con seis alumnos de Burundi en su clase de Español.

De este modo, yo también iba aprendiendo a conocer nuevos contextos africanos casi sin darme cuenta. En algunas ocasiones invitaba a una Misionera Laica Asociada a Misioneros de Guadalupe (MLA) para que oyeran otra voz y ella, por su parte, les compartiera algo de su vida. Su nombre es Graciela, pero gustábamos de decirle Grace en la clase, no sólo porque era su nombre de pila sino porque además los muchachos en la clase preferían hacer pronunciaciones fáciles y pequeñas en español, lo cual yo permitía.

Graciela, MLA, y dos alumnos sentados a la mesa tomando refrescos.

La clase se hacía emocionante. Los cinco estudiantes asistían con frecuencia a sus lecciones; de hecho, pocas veces dejaron de ir, y cuando lo hicieron siempre me explicaron los motivos de su ausencia. Dada su situación, ellos no podían permanecer mucho tiempo en Kenia, por lo cual aprovechaban el tiempo lo más que podían en oportunidades de trabajo y en todo tipo de preparación. Por mi parte, yo no era ningún profesor oficial ni nada por el estilo, pero considero que en verdad aprendíamos juntos. Me agradaba también que Grace hiciera igualmente un esfuerzo para reservar tiempo entre sus actividades como contadora de la Misión con la finalidad de apoyar la clase.

Al final del curso, según nuestra planeación, ellos tendrían que volver por un tiempo a Burundi. En la última clase le agradecí a Pablo su entusiasmo y su deseo por superarse; a los demás también les reconocí sus esfuerzos. Entonces mi premio también llegó, pues sin esperar nada de ellos me invitaron a un restaurante en forma de agradecimiento por el tiempo dedicado a enseñarles algo de español. Yo estaba muy emocionado y agradecía a Dios la bendición de esta experiencia. Por un momento me acordé cuando dudé en acceder a enseñar español a Juan Pablo. Si me hubiera rehusado, creo que no hubiera pasado nada, pero ahora que llevo la experiencia de esta amistad veo que me hubiera perdido bastante. Ese día fuimos a comer plátanos hervidos bañados en una salsa de tomate muy peculiar de su país; de plato fuerte comimos unas brochetas de carne e intestinos de vaca y chivo; para beber tuvimos unos refrescos, y para limpiarnos manos y boca, en vez de servilletas, usamos un rollo de papel higiénico. Recuerdo muy bien todos estos detalles porque formaron parte de un grande y sincero agradecimiento. Todo esto fue sin duda un gran regalo que hoy extiendo a todos ustedes a través de Almas.

Plátanos hervidos con salsa de tomate y brochetas de carne, comida típica de Kenia.

Así mismo, quiero complementar mi relato invitando a todos aquellos jóvenes interesados en el sacerdocio o a profesionistas que con la experiencia de una carrera universitaria quisieran hacer mucho en Misiones, para ponerse al servicio del prójimo africano o de cualquier parte del mundo y compartir con ellos los conocimientos que puedan ayudarles a salir adelante. ¡¿No les gustaría?!

Esta es una invitación de Dios, que nos llama para hacer algo extraordinario por los demás. Ojalá algún día pueda estar leyendo sus experiencias. Pídanle a Dios que les anime más y yo pediré porque esta aventura sea una bendición para su vida y la de todos aquellos que les rodean.

Finalmente, también los invito a conocer a mis alumnos en un video que pueden ver en la página web www.revistaalmas.com.mx/nolesgustaria