P. Antonio de Jesús Mascorro T., MG

No quise dejar Namanga sin despedirmede Elizabeth, una centenaria anciana que tiene más fe que años y que, acompañada de su viejo bordón, toma su tiempo para llegar a la Iglesia. Ella ha estado un poco enferma y, aunque dice: “¡No es de cuidado!”, no deja de sorprender su ausencia por varios días.

Feligreses de Namanga en Misa que celebra el P. Antonio de Jesús Mascorro T., MG.

Llegué a su pequeña casa y anuncié mi visita tocando firme sobre la puerta de madera y pintura desgastada. Al escuchar las cansadas palabras de bienvenida, me decidí a entrar. A pesar de la oscuridad alcancé a ver los berrinches del gato en protesta por tener que compartir la única silla de la habitación. Atendiendo a su invitación, acerqué un poco la silla hasta su cama y me senté cerca de ella, mientras estrechaba con respeto y cariño su mano marcada por los años.

Con fuerte voz llamó a una de sus hijas para pedirle que nos trajera el té, mismo que fue endulzado con oraciones y después saboreamos complacidos. El tiempo pasó rápidamente, por lo que me vi obligado a despedirme. Le informé que en unos días dejaría Kenia y regresaría a México. Ella soltó su bordón, volvió su rostro lentamente y me miró con profundidad. Mientras tomaba mi mano, sin dejar pausa, lanzó su pregunta: “¿Por qué te vas si aquí te necesitamos?”.

Le dije que era tiempo de reencontrarme con mi familia y descansar un poco en la patria. Tosió con fuerza, parecía complacida con la respuesta. Luego acomodó sobre su espalda la roja cobija maasai y, con la sabiduría que dan sus más de cien años, subrayó: “Muy bien… Salúdalos de mi parte y agradéceles por permitirte estar aquí. Disfruta de la compañía de tu familia, una bendición más te está esperando… Agradécela y compártela, pero recuerda que tu gente te esperamos aquí”.

Feligreses de Namanga reunidos con el P. Antonio de Jesús Mascorro T., MG.

Sonreí complacido y le pedí que rezara por mí y por nuestra gente de México. ¡Prometió que lo haría! Luego llamó a su hija, que rerecogió las tazas vacías. Elizabeth  se puso de pie con dificultad y me pidió que rezáramos juntos. Después de darle la bendición me regaló una mirada profunda y apuntó hacia la salida. Ya no salió de su cuarto; parada sobre el marco de la puerta y con el bordón sobre su mano izquierda, nos despedimos. Caminé un poco y volví a verla, coincidimos al ondear nuestras manos con la señal del adiós; bueno, mejor dicho, de hasta luego.