P. Héctor Díaz F., MG

Vino un joven sacerdote al leprosario de Sorokto, donde, gracias a Dios, estoy ayudando al párroco coreano con algunas Misas, confesiones y visitas a los enfermos para llevarles la Comunión. Después de saludarlo, le pregunté: “¿Cuánto tiempo tienes de ordenado?”. Él me respondió: “Quince días”.

Esto me extrañó, porque a pesar de que, en relación a mí, era joven, su apariencia era la de un hombre de cuarenta años, y no de 28 o 30, que es el rango de edad de los sacerdotes recién ordenados.

Al ver mi cara de extrañeza, sonrió y me dijo: “Soy una vocación tardía. La verdad es que quería ser sacerdote desde muy joven, pero, conociendo mis debilidades, yo mismo me dije: ‘¿Cómo vas a ayudar a otros a ser buenos y amar a Dios si tú mismo estás lleno de defectos y pecados?’. Así que yo mismo tomé la decisión de no hacerme sacerdote.

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”Pero, una vez, fui a visitar a un amigo que estaba delicado. Había tenido un accidente y no se encontraba bien. Llegué a su casa sin avisarle, pero él, muy contento, me recibió y me saludó lleno de gusto.

”Me di cuenta de que le faltaba un brazo, pero él, sin dejarme decir nada, interrumpió mis pensamientos. ‘Hola, ¿cómo estás? –me dijo–. ¡Qué bueno que viniste. Pero ven y sígueme; tengo ahora un compromiso, así que platicaremos en el camino’!

”Lo seguí y él, muy alegre, me platicó de muchas cosas, pero no de su accidente ni de su falta de brazo. Al fin, llegamos a una casa acondicionada como pequeño hospital donde había más de veinte paralíticos y lisiados. Él los saludó con mucho cariño y, luego de ponerse una bata blanca, comenzó su trabajo, limpiándoles la nariz, ayudándoles a que se tomaran su café, etcétera.

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”Mi amigo no era enfermero, pero ayudaba a los pacientes lo mejor que podía con el brazo que tenía. Al final, cuando terminó su trabajo, me dijo: ‘Tuve un accidente. Me cortaron un brazo y me deprimí terriblemente Todo el tiempo me preguntaba ¿qué hacer sin un brazo?, ¿cómo vivir?, ¿qué trabajo realizar? Alguien, yo creo que Dios, me trajo a este lugar, donde me encontré con personas mucho más imposibilitadas que yo, y me ofrecí como voluntario para ayudarlos en lo que podía, como me viste hacerlo. Ayudando a estas personas, le dije a Dios: ¡Gracias, Señor, porque sólo me falta un brazo!. Me animé, dejé mi depresión, me llené de paz y alegría, y ahora tengo un trabajo del cual vivir. Vengo con regularidad a servir a estos semejantes, pero ellos me recompensan con su cariño y su agradecimiento’.

”Cuando me despedí de mi amigo –continuó el joven sacerdote– entendí una cosa: Dios me había hablado por medio de él. Entonces pude entender que, aunque ‘me faltaba un brazo’, es decir, a pesar de mis carencias y debilidades, como sacerdote podría, al igual que mi amigo, ayudar a muchos que quizá estén más inválidos que yo”.

Estimados Padrinos y Madrinas, tal vez piensen que a México o a ustedes mismos les “falta un brazo”, pero, con la paz y la alegría que Dios Padre da, por favor, continúen ayudando a la Iglesia y a los Misioneros de Guadalupe por medio de sus oraciones, su auxilio, y con sus hijos e hijas, ¡para que ellos, como sacerdotes y religiosas, ayuden a otros más necesitados que nosotros!

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