P. Ignacio Flores G., MG

Algunos años atrás me encontraba en la Misión de Angola, específicamente realizando mi trabajo pastoral como diácono en la Parroquia de San José, en Catete, la cual hemos atendido los Misioneros de Guadalupe por bastantes años. Durante ese tiempo, una de las cosas más bonitas fue enrolarme en la vida de la comunidad al realizar mi trabajo pastoral como misionero de la Iglesia, pero también en asuntos relacionados con el Ministerio de la Educación en aquel país.

Por eso, acompañando la dimensión pastoral de educación en la parroquia, me di a la tarea de visitar algunas comunidades para conocer y realizar algunas tareas de la diócesis referentes a dicho trabajo. De esa manera iríamos recabando información que nos ayudaría a analizar –y luego erradicar– algunos problemas en la educación de nuestros hermanos.

Hablar de la educación en los países de África es algo muy interesante, sobre todo al ver la manera en que, para la gente, se ha convertido en una necesidad el hecho de crecer en el aspecto académico, lo cual también se ha constituido como una de las prioridades de la Iglesia y, por tanto, de nosotros los misioneros, que la visualizamos como una urgencia.

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Me llevaría mucho tiempo hablar de esta situación en la sociedad de la parroquia, pero una tarde viví una verdadera lección. Al llegar a la comunidad saludamos a todos los miembros; luego platicamos y celebramos la Palabra de Dios. Justamente en esa ocasión había expuesto el segundo motivo de nuestra visita, en miras a conocer la situación escolar de dirigía a buscar la escuela observé que no había tal edificio. Casi todas las aldeas tienen al menos un cuarto de palos, piedras y teja de material local para construcción, que se usa modo de escuela; en algunas otras comunidades ya había techos de láminas de acero, pero en la comunidad donde estaba en ese momento no había nada de eso. Descubrí que ahí los niños recibían clases debajo de un árbol cuyas ramas hacían la veces de techumbre a un considerable grupo de pequeños. Cada quien llevaba a duras penas algún banco o silla de plástico para atender las enseñanzas del alfabetizador.

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Otro de los problemas de la educación es que en algunas de estas escuelas no había presencia de maestros o que en el peor de los casos eran muy inconstantes o a veces simplemente dejaban de ir.

Yo me senté a observar aquella tarde la dinámica de la enseñanza en esos ambientes rurales y pronto pasó cerca de mí una persona incapacitada para caminar. Era un muchacho de escasos 20 años que tenía una enfermedad que le impedía caminar normalmente y por tanto lo hacía a gatas, apoyándose de sus rodillas mientras sus manos orientaban el camino hacia donde se quería dirigir. Sus manos eran las que usaban las sandalias, cosa que me llamó la atención, aunque unos minutos después entendí que era porque las manos de ese digno profesor tenían que cuidarse para llegar limpias lo mejor posible a la clase.

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Ese día recibí una lección en mi vida (una verdadera lección para compartir) de parte de aquel alfabetizador, pues yo, estando completo en el aspecto físico, a veces me quejaba un poco para visitar tantas comunidades, porque en ocasiones ni siquiera sentía respuesta de la gente. No puedo negar que muchas veces me desmotivaba al no contar con todos los elementos ni las posibilidades para ayudar a cada comunidad a tener un salón digno para su educación. Sin embargo, al ver cómo ese muchacho hacía de su vida un verdadero servicio para la juventud de su pueblo, aun sin contar con salones ni con la condición física para moverse propiamente, concluí que basta un corazón tan grande como el suyo para hacer maravillas con los demás

El “salón” que necesita cada uno de nosotros algún día llegará a construirse, y con él, “los bancos” y las “mesas para trabajar”. Pero por lo pronto hay que aleccionar nuestra vida para no dejarnos desanimar por lo que no tenemos y es secundario. ¡Mejor ocupémonos en hacer algo bueno por el prójimo!

Aquel día Dios me dio una lección y hoy yo quise compartir la enseñanza de ese alfabetizador a través de las palabras que cariñosamente les he compartido en estas líneas. A veces me pregunto ¿cuántos de nosotros podríamos hacer grandes cosas en Misiones?, ¿o en nuestras propias iglesias, casas y vidas? ¡Que Dios los bendiga!

Los invito a echar un vistazo en este video.