Juan José Ramírez Escarza

En el sermón de la montaña Jesús nos interpela: “¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?” (Mt 6, 27). Esta es una pregunta vigente para nuestro tiempo.

Es común y normal que en nuestras vidas tengamos preocupaciones, ya sean por el propio bienestar o por el de nuestros familiares y amigos, ya sean por un futuro que siempre nos resultará incierto. Sin embargo, hay veces en que las preocupaciones abarcan casi el total de nuestro pensamiento y consumen nuestras fuerzas, sin permitirnos incluso esbozar una respuesta a lo que nos inquieta.

Es importante buscar soluciones a los diversos aspectos de nuestras vidas, pero no vale la pena desgastarnos física, mental y emocionalmente en uno solo de esos aspectos. Es en los momentos en los que pareciera que no se va a superar algo en contra, en los que sentimos abandono y soledad, incluso por parte de Dios, cuando aflora el poder de nuestra fe, que borra toda inquietud de nuestra mente.

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Dios es nuestro Padre en el Cielo, pero también ve por nosotros en la tierra. Por ello, por ejemplo, encargó a san José la custodia de su Hijo en este mundo. Y así mismo Él provee la respuesta a todas nuestras preocupaciones, aunque no podamos verlo inmediatamente.

Recordemos las palabras de Jesús: “No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?». Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción” (Mt 31-34).

Si comprendemos que Dios nos provee de todo lo necesario para superar las pruebas y los altibajos de la vida, de forma automática desaparecen nuestros temores y preocupaciones, y podemos andar nuestro camino cada día con la fuerza y la paz que nos brinda la fe.