Juan José Ramírez Escarza

 

Sabemos que el ser humano es social por naturaleza. Dios nos ha creado para estar acompañados por todos los seres de su Creación, pero la convivencia entre los mismos hombres no siempre es sencilla y en muchas ocasiones se enturbia por intereses personales o por el egoísmo.

Una parte fundamental en nuestra práctica cristiana debe ser amar a los otros como a nosotros mismos, y ese amor nace de la aceptación de las diferencias. Todos conocemos a personas cuya forma de ser nos enfada, e incluso podemos dedicar buena parte de nuestro día a rumiar esa molestia. En esas ocasiones resulta conveniente cuestionarnos acerca de lo que nos molesta de otras personas. Si hacemos eso, muchas veces encontramos que el enfado nace de un reflejo de nuestras propias carencias o necesidades.

Jesús nos enseña: “La lámpara del cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado; pero si tu ojo está enfermo, también tu cuerpo estará en tinieblas. Ten cuidado de que la luz que hay en ti no se oscurezca” (Lc 11, 34-35). Si nosotros somos capaces de ver las cosas y las personas como son en realidad, sin proyectar sobre ellas emociones o necesidades personales, estaremos en camino de tener una mejor vida.

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Aceptar que todas las personas tienen derecho a ser como son (siempre que esto no afecte el bienestar de los demás) es el primer paso para la práctica de ese amor que Jesús vino a enseñarnos. Y es precisamente éste uno de los aspectos a los que los católicos de todos los tiempos se han enfrentado al tratar de llevar la Buena Nueva a todo el mundo; de ahí el gran número de mártires que ha dado la fe.

Sin embargo, así como no debemos rendirnos en nuestro impulso por ser cada día mejores discípulos de Jesús, tampoco debemos cejar en nuestra acción evangelizadora, pues como dijo el Señor: “Cuando uno enciende una lámpara, no la esconde ni la cubre, sino que la pone sobre el candelero, para que los que entran vean la claridad” (Lc 11, 33).