P. Antonio de Jesús Mascorro T., MG

La experiencia pastoral con los seminaristas de nuestro Centro de Formación en África (cfa) arrancó con una colorida ceremonia en la comunidad de Oloilalei, donde recibimos unas vistosas cruces de chaquira como signo del envío misionero. Desde luego que la cruz del sacerdote, es decir, la mía, era la más grande y bonita. Pero si con lo vistosa y bien realizada me sentía complacido, me quedé maravillado cuando me enteré quién la había elaborado.

El catequista Richard Saiton, sin que yo se lo preguntara, se acercó para decirme emotivamente que mi cruz era obra de María, la anciana maasai que quedó ciega desde muy joven, pero que se distingue por el entusiasmo con que ve la vida y por su profunda fe en Jesucristo. Según Saiton, ella misma pidió que le permitieran elaborar la cruz que el sacerdote llevaría en el pecho durante la Misión del cfa en estas comunidades.

Estoy seguro de que nuestro catequista alcanzó a percibir mi incredulidad, pues, sin decir más palabras, me tomó de la mano y apresuradamente me llevó hasta donde estaba María, quien orgullosamente me lo confirmó.

–¡María –le dije, mientras estrechaba su mano negra y arrugada–, gracias por esta cruz, es un regalo muy especial!

–¡La hice con todo mi corazón, para acompañar tus pasos y ser parte de esta Misión! –me dijo sonriendo.

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Ya no tenía duda de quién había elaborado mi cruz, pero sí me quedaba la interrogante de saber cómo la había hecho. Es claro que tiene el diseño en su mente y en su corazón, que sabe calcular muy bien las cuentas de chaquira y que tiene la habilidad para hacerlas pasar entre los hilos que corren por sus magistrales dedos. ¿Pero cómo lo hace?

–Bueno –me explicó Saiton–, hay una niña que la ayuda. María le dice el color que necesita y la niña se lo proporciona.

Me resigné, agradecido. No quise hacer más preguntas, porque yo parecía ser el ciego de la historia. Me dispuse a llevar con orgullo esa cruz de chaquira hecha con el corazón de una anciana ciega.

¡Gracias, María! Caminaremos juntos estos días llevando la Buena Nueva de Jesús por estas, tus tierras maasai llenas de polvo.

Estimados Padrinos y Madrinas, esta es una muestra más de la formo en que la luz de Jesús se manifiesta incluso en los ojos de las personas que han quedado ciegas, pero no en el corazón. ¡Que la fe de María sea un ejemplo para todos nosotros y continuemos dando todo por realizar la Misión que se nos ha encomendado!

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