P. José Roberto Cruz Pérez, MG

En nuestro caminar por tierras de Misión los Padres MG nos encontramos con muchas personas especiales que no únicamente nos ayudan en la evangelización, sino que al mismo tiempo nos evangelizan con sus acciones; son gente humilde, emprendedora, trabajadora, con ganas de aprender y, al mismo tiempo, de compartir su fe.

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Durante mi experiencia como diácono en la Parroquia de Machipanda, Mozambique, conocí muchas de estas personas: franciscanos laicos, miembros de la Legión de María y catequistas. Todos ellos, aun con sus limitaciones, actividades cotidianas y otros muchos obstáculos que son argumentos razonables para no acercarse a la Iglesia, se esfuerzan por compartir lo poco que tienen, que a los ojos de Dios es mucho, para construir la Iglesia, la familia cristiana.

Entre ellos se encontraba Douglas, un catequista emprendedor e interesado en la formación de los catecúmenos y de los propios catequistas. Siempre estaba dispuesto a trabajar y era responsable en lo que se le encomendaba; siempre estaba al pendiente de las personas que colaboraban con él, y algo que a mí me llamaba la atención era su deseo por formarse para dar una mejor catequesis.

Durante mi año de experiencia en Mozambique muchas veces me acompañó a visitar las comunidades y me ayudaba, junto con Orlando, el catequista permanente, a dar la formación para los demás catequistas, así como a preparar las actividades propias de la catequesis.

Recuerdo que los sábados a veces lo encontraba por la mañana caminando hacia la comunidad de Nyamakare para dar la catequesis a los adultos que se preparaban para recibir Confirmación; después visitaba a los catequistas de Chikweia, la zona de la cual era responsable de catequesis, y a las 2:00 p. m. siempre estaba listo para dar la catequesis en la capilla de Wakunga.

Después de mi experiencia como diacono regresé a México para preparar mi ordenación, y en enero siguiente tuve la dicha de regresar a Mozambique, ya como sacerdote. Una semana después recibí una llamada de Douglas, quien me saludaba y decía: “Padre, sabía que regresaría, por eso guardé su número”. Fui nombrado para trabajar en la Parroquia de Guro, que está a unas cuatro horas de Machipanda, por lo que ya no lo frecuenté, aunque a veces nos saludábamos a través de mensajes por el celular.

Douglas falleció el 19 de mayo del año pasado. En esos días me encontraba cerca de la parroquia, así que tuve la dicha de presidir en su sepelio. Mucha gente se reunió para despedirlo; fue un momento triste y doloroso para la comunidad, pues conocían a Douglas y, sobre todo, habían visto el testimonio de alguien que comparte su fe.

Queridos Padrinos, les comparto este testimonio ya que creo que es una manera de agradecer a Dios el permitir que nosotros, sus misioneros, nos encontremos con gente sencilla que colabora a nuestro lado y que nos muestra que vale la pena trabajar en la viña del Señor. Les pido sus oraciones para que siempre existan personas comprometidas con la Misión, y también por el eterno descanso de mi amigo Douglas.

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