Cuando Cristo habló a los apóstoles en la Última Cena, les dijo que después de su Muerte y Resurrección les enviaría el Espíritu Santo (cfr. Jn 15, 26). Tal promesa se realizó el día de Pentecostés, en que el Espíritu descendió sobre los discípulos y los hizo hablar en diferentes lenguas. Se trata de un día fundamental para la Iglesia, pues a partir de entonces comenzó a realizarse plenamente la Misión.

Otorgando el valor pleno de esa fecha para nuestra fe, la celebramos año con año. Sin embargo, el recuerdo no ocurre únicamente el día de la Solemnidad de Pentecostés, sino que se hace presente día con día, porque el Espíritu Santo da su testimonio de Jesús: nos enseña el camino que debemos seguir; nos recuerda y nos hace comprensibles las enseñanzas del Evangelio; nos acompaña en la oración con Dios, y nos reconcilia con nuestros hermanos.

Resulta normal que en ocasiones veamos los hechos de la Historia de la Salvación como sucesos aislados. Pero cada uno de esos eventos forma parte de algo mayor que no debemos perder de vista: Cristo resucitó, y eso significa que el amor de Dios es más fuerte que el mal y que la muerte.

Siempre encontraremos, a lo largo de la vida, momentos de desdicha, ocasiones que pueden retar a nuestra fe y llevarnos por caminos cerrados y egoístas que nos alejan del mismo Dios y del prójimo. Sin embargo, Cristo hace patente el poder del amor y la misericordia de nuestro Padre, ese amor que transforma nuestra existencia y genera vida en las zonas más oscuras de nuestro corazón. Así mismo, la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas es un recordatorio de que ese amor ha vencido una vez para siempre y por todos.

Oremos, pues, porque el Espíritu Santo nos permita renovarnos continuamente por la fuerza amorosa de Dios, para que vivamos a la manera de Jesús y podamos, finalmente, realizar lo que se quiere de nosotros: custodiar toda la creación y generar entre los hombres un Reino de justicia, hermandad y paz.

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