Universal: El cuidado de los que sufren.

Para que, rechazando la cultura de la indiferencia, cuidemos a los que sufren, en particular a los enfermos y a los pobres.

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Son numerosos los hombres y mujeres del mundo que sufren por causa de la enfermedad, la pobreza, el maltrato, las guerras, las preocupaciones, etcétera. No hay ninguna contradicción en hacer todo lo que está en nuestras manos para mitigar estos sufrimientos, que a veces experimentamos en carne propia o a veces observamos en los demás. En la mayoría de las ocasiones nosotros somos los causantes de estos sufrimientos, pero el sufrimiento también puede llevarnos a una maduración humana y cristiana. El cristianismo nos anuncia alegría; por eso, este mes oremos para que nuestros corazones se abran y podamos ver al prójimo que sufre con la misma mirada compasiva de Jesús.

 

Por la evangelización: La disponibilidad a la Misión.

Para que la intercesión de María ayude a los cristianos que viven en contextos secularizados a hacerse disponibles para anunciar a Jesús.

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Con el decreto Ad Gentes (1965) la Misión de Iglesia adquirió un renovado impulso, al poner atención en los desafíos que el mundo moderno le plantea. En nuestros días tenemos el compromiso de compartir el mensaje evangélico con aquellos hermanos que vagan sin sentido en el mundo, cargando las banderas de la tristeza y la desesperación. En todos los pueblos, ámbitos culturales y sociales hay destinatarios para este mensaje, basta que su corazón pueda albergar el amor de Dios. Este mes pedimos a nuestra Madre del Cielo que nos ayude a cumplir fielmente el mandato divino y que su compañía nos inunde de valor, paciencia y humildad al realizar nuestro servicio.