P. Ignacio Flores G., MG

“¡Atención, aplausos!” era una dinámica con la que un joven catequista nativo del lugar, junto con una religiosa y un servidor mexicanos, se disponía a celebrar la fiesta patronal de una aldea lejana a la Parroquia de Caxito, donde laboramos los Misioneros de Guadalupe en Angola.

En aquella ocasión me llamó mucho la atención ver la manera en que los hermanos del sur del continente africano se preparaban para darle veneración a san Juan Bautista, o João Batista, como se le nombra en portugués.

Con el fin de celebrar la fiesta del padroeiro (patrón de su capilla), todos se organizaban para recibir al sacerdote y celebrar la Misa entre danzas y cantos, y, de igual manera, para tener una convivencia en la cual, más tarde, se compartirían unos alimentos con lo que Dios socorriera.

ATENAO PALMAS 01

Esto se hacía con la finalidad de aumentar no solamente la unidad eclesial, sino también la unidad social entre ellos. Yo me daba cuenta de que esto era muy común en casi todas las aldeas que visitábamos, pero ese día había algo de “especial” que me invitaba a descubrirlo. En aquella ocasión la religiosa y el catequista habían preparado un pequeño programa para motivar a niños, jóvenes y adultos en su vida espiritual y comunitaria, tal y como cada miembro de la capilla de San Juan había esperado desde hacía algunos meses con la última visita del Padre misionero. Era interesante ver cómo todas las cosas que se habían preparado, tanto de parte de la gente de la comunidad como de los misioneros que asistíamos a acompañarlos, se iban dando poco a poco durante aquella visita pastoral.

Después de un rato de haber llegado y luego de saludar a los hermanos de esa comunidad, fuimos a la capilla. Ésta era sencilla, hecha de palos y pasto crecido que hacía las veces de techo; el área del altar era cubierta, a los lados y en la parte trasera, por sábanas y cobijas que la gente prestaba para que fuera más bonito su ambiente. El altar era de barro y rociado con agua en su contorno para que no se levantara el polvo; no obstante, se tenía el cuidado especial de que no se formara lodo dentro de este importante lugar. Por otra parte, el techo y los palos que soportaban los muros de varas y piedra igualmente eran tapizados con embeleçamentos (adornos de plástico en forma de flores) que denotaban muy visiblemente la ocasión de ese día.

ATENAO PALMAS 02

Todo era muy especial, y lo que más me llamaba la atención era la actitud y la disposición con la que participaba la gente, además de  las sonrisas y la felicidad con la que estos hermanos en la fe esperaban la presencia de Dios en su humilde aldea.

En esa ocasión aprendí que lo esencial era recibir a Dios en el corazón, en la vida, y celebrarlo en compañía del prójimo que vivía a nuestro lado y, por supuesto, del padroeiro a quien encomendaban la fe y el cuidado de la incipiente Iglesia católica de aquel lugar. Todo aquello me resultaba distinto a lo que había experimentado en otros lugares y, por lo tanto, me parecía atractivo como para invitar a otros jóvenes a misionar.

Actualmente hacen falta muchos misioneros y misioneras en todo el mundo, pero también creo que en nuestro México hay muchos jóvenes que pueden compartir y dejarse llevar por las experiencias grandiosas que Cristo, aun hoy en día, sigue depositando en muchos corazones. Hacen falta misioneros y misioneras que enfrenten los retos por la causa de la Evangelización; y tal vez ustedes saben de algunos jóvenes que puedan ser grandes misioneros al servicio de Dios entre nuestros hermanos que todavía no lo conocen. Atrévanse a decir “¡Sí!”.

ATENAO PALMAS 05

Si quieren ver un poco de la experiencia que les narré, los invito a que vean un breve video en el sitio: www.revistaalmas.com.mx/atencionpalmas.