Cecilia García Guerrero, MLA

Me llamo Cecilia García y soy Misionera Laica Asociada en la Misión de Mozambique. Llevo ya varios meses en esta Misión y, sin duda, mi vida se ha llenado de anécdotas y de experiencias inolvidables, por lo que me gustaría contarles una: Todos los lunes son mis días de descanso, pero, debido a que no vivimos en la capital, no hay muchísimas cosas por hacer en cuanto a diversión; es como vivir en un ranchito. Para salir de la rutina me ha gustado andar en bicicleta, y simplemente hacer eso es una aventura. Todo el mundo se me queda viendo, pues les causa curiosidad ver a una mujer blanca en bicicleta; además de que vivimos en la montaña, lo que implica subidas y bajadas, todo un reto físico.

Un lunes decidí irme a otro pequeño pueblo, a menos de una hora en bici. De regreso ocurrió lo que tanto temía: me caí. Los caminos son de terracería, llenos de pozos y arena, por lo que se me descontroló la bici y caí. Gracias a Dios sólo fue una raspón en el brazo y un golpe en mi muñeca.

Divina providencia 01

Como buena “pata de perro”, eso no me detuvo para seguir paseando. Sabía que el Padre Héctor Hugo Ciprián S., MG, iría a Chimoio, capital del estado, a hacer compras. Entonces le llamé para preguntarle si podría ir con él y me dijo que sí; me fui a Jécua, donde viven los Padres MG, comí con ellos, me puse mis ungüentos, mi venda, y estaba lista para salir.

Haríamos unas compras, después nos iríamos a tomar un café y, finalmente, regresaríamos. Chimoio no es ni un poquito parecido al concepto que yo tenía de ciudad. Hay mucha gente, vendedores ambulantes, etcétera. Terminamos las compras y nos dirigíamos a relajarnos a una de las pocas cafeterías, pero en un cruce de coches nos detuvo un policía de tránsito. Yo pensé: “¿Ahora qué pasó?, ¿por qué nos detiene?”. Nos dijo con mucha calma: “Por favor, lleven a esta señora al hospital”.

Ahí se acabó mi tranquilidad, pues inmediatamente vi que una joven señora iba corriendo hacia nosotros con un bebé; al verlo, me pareció que se encontraba muy grave.  El coche venía lleno de cosas que habíamos comprado, pero, como pudimos, hicimos espacio para que entraran. La señora subió e iba histérica, diciendo: “¡Se me va a morir mi hijo! ¡No, Dios, ¿por qué?! Se me acaba de morir una niña, ¡no puedo perder otro!”.

Yo estaba muy nerviosa; por como vi al Padre, creo que se sentía igual que yo. Pensé: “Tú sabes primeros auxilios, Cecilia, ¡se valiente!”. Inmediatamente le pregunté a la señora: “¿Qué comió?”, y me respondió: “Sólo lo estaba amamantando”. Entonces se lo pedí y ella, sin dudarlo, me lo entregó.

Tengo que añadir, no sin cierta pena, que al recibir al bebé en mis brazos lo primero que pensé fue: “Si se me muere en el camino, pensarán que yo lo maté”. Pero no podía detenerme a pensar eso, lo que me importaba era que respirara, que llegara vivo al hospital.

Empecé a revisarlo según lo que recordaba de mi curso de primeros auxilios. El padre iba manejando rapidísimo, y yo ni siquiera ahora podría ubicar el hospital. Después de recibir al bebé no le despegué la mirada, y cada quien realizó la tarea que le correspondía.

Su mamá evidentemente seguía mal, alterada, preocupada, y no dejaba de preguntar: “¡¿Respira?!”. Yo traté de tranquilizarla, asegurándole que seguía respirando. Al darle primeros auxilios me di cuenta de que no tenía nada atorado en la garganta. Con dificultad respiraba, pero lo hacía; además, el bebé tenía convulsiones. Únicamente me restaba cuidarlo hasta llegar y abrirle la boquita para que respirara; tenía su quijada trabada.

Creo que al entregarme al niño la señora sintió cierta tranquilidad. Llegamos al hospital, me bajé, se lo volví a entregar y corrió. Dejó todas sus cosas en el coche; yo las tomé y fui detrás de ella. Llegamos al consultorio, donde lo pesaron. Por mi parte, mojé una “capulana” (tela multifuncional que siempre traen las mujeres) y en ella envolvimos al bebé, para después administrarle medicamento.

Según lo que me comentó la mamá, el bebé llevaba días con fiebre alta, y por eso convulsionó. Después de que le administraron la medicina empezó a respirar mejor. ¡Dios, sentí mucha paz!. Cuando íbamos de camino al hospital me parecía que se iba a morir en mis brazos; tenía la mirada perdida y todo su cuerpecito suelto.

Me sorprendí de mi capacidad de maniobrar tan fácilmente con un bebé de ocho kilos, y más aún porque llevaba una mano vendada. Nos quedamos un tiempo a hacerles compañía. El niño, que se llama David, no dejaba de vernos.

Divina providencia 02

Esa noche casi no pude dormir. Me sentía nerviosa y no dejaba de pensar en lo ocurrido, en el amor de esa mamá, desesperada por su hijo, capaz de hacer hasta lo imposible; un amor tan incondicional, y ella tan decidida a no perderlo. De igual forma recordaba su mirada de agradecimiento y de paz. Recordé que yo me sentía tan nerviosa que hice lo que pude, apenas lo que recordé.

Sin duda, dos escenas fueron las que más me marcaron. La primera fue tener en mis brazos al bebé, que se veía como un niño muerto. La segunda fue verlo acostado, envuelto en una “capulana”, mientras me veía a los ojos y respiraba con tanta paz. Son instantes tan contrastantes uno y otro.

¡Gloria a Dios, que pone los medios, que da valentía y fuerza! Y es que sólo puedo pensar que esta experiencia es obra de su mano providente y de su amor incondicional.

Divina providencia 03

Les agradezco, queridos Padrinos y Madrinas, pues gracias a su apoyo los Misioneros Laicos Asociados a MG tenemos la oportunidad de compartir la Buena Nueva con la gente que más lo necesita, y experimentar, a la vez, estas manifestaciones del amor de nuestro Padre.