P. Javier González Martínez, MG

Para hablar del tema de la evangelización en Turkana veo necesario hacerlo desde la perspectiva de los criterios de evangelización de nuestra comunidad eclesial.

Hay tres criterios que definen la evangelización en nuestra Iglesia: ser llamados por Dios a evangelizar, aceptar los retos que cada destinatario presenta a la evangelización (en este caso, los turkana de Kainuk), y, finalmente, apropiarse de los contenidos propios de la evangelización.

En primer lugar debemos ser llamados por Dios a evangelizar. La evangelización de nuestra Iglesia inicia con la experiencia de fe en el llamado que Dios nos hace a ser testigos de su salvación. Quien así inicia su tarea evangelizadora ha iniciado bien el proceso; quien no tiene claro este inicio se expresará de manera confusa en todo lo que venga adelante.

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Un segundo punto en relación al llamado es que éste no se recibe de manera aislada, sino en clave de comunidad. Dios nos llama como miembros de una comunidad que se llama Iglesia, y la Iglesia, en última instancia, es la que es llamada a la Misión evangelizadora, en la persona de quien se abre al llamado. Por eso quien misiona lo hace no a título personal, sino como miembro de la comunidad eclesial. Esta comunidad es, en el caso particular nuestro, los Misioneros de Guadalupe.

Por otro lado, el llamado que Dios hace a evangelizar no presenta un destinatario abstracto, sino concreto; en este caso: la comunidad de la Parroquia de Todos los Santos, en Kainuk, región Turkana de Kenia, con todas las características y los retos que le son propios.

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En segundo lugar encontramos los retos particulares que presenta la Misión MG en Kainuk. Un primer reto es vivir alegremente la experiencia de fe en el llamado que Dios nos hace a ser testigos de su salvación en las circunstancias propias que se viven en este lugar, algunas de ellas ciertamente difíciles, como más adelante lo expresaré.

Un segundo reto es el reconocimiento diferenciado de quienes habitan estas tierras. El grupo étnico predominante es el de los turkana, diseminado principalmente en seis poblados, entre los que está el pueblo de Kainuk. Hay parroquianos de otros lugares: Luo, Kikuyu, Kalenjin, por sólo nombrar los principales. El reto consiste obviamente en hacer llegar el mensaje de salvación de Jesucristo en el contexto cultural (incluida la lengua), principalmente de la comunidad local. El reto también está en reconocer que la evangelización se dirige además a los no turkana que ahí viven, pues Jesús vino para todos, en cualquier lugar que se encuentren. Las razones por las cuales cada etnia vive en este lugar podrían aportar datos importantes en la experiencia de ser evangelizados y ser llamados a evangelizar.

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Un tercer reto se refiere a la situación de inseguridad que se vive aquí. El Evangelio de Jesús se va abriendo camino en medio de la violencia, principalmente en relación al conflicto de dos grupos étnicos: los turkana y sus vecinos, los pokot, pero también en la violencia al interior de la comunidad local y la violencia que genera la pobreza. La evangelización no se presenta como un asunto más en la vida cotidiana, sino como aquello que inspira respuestas de paz con signo cristiano en situaciones de violencia.

Un cuarto reto –que podría ser incluso el elemento clave de la Misión– es devolver lo genuinamente evangélico de nuestra presencia en Kainuk. La dimensión social es importante, como todo lo que está ligado a la respuesta de la Misión en relación a la inseguridad, pero es la Buena Nueva, el Evangelio de Jesucristo proclamado abiertamente, lo que devolverá la dignidad humana arrebatada por causa de la violencia o por cualquier otro agravio.

El tercer elemento es apropiarse de los contenidos propios de la evangelización. La transmisión del mensaje de salvación, que Dios nos ha hecho llegar en Jesucristo y que se vive gracias a la acción de su Espíritu, tiene sus contenidos propios y hay que apropiárselos, hacerlos parte de uno, interiorizarlos. Es el Evangelio de Jesús la materia prima de la evangelización, la que no tiene vida a menos que se viva en la persona del agente de evangelización. Únicamente así el Evangelio inspirará maneras concretas de conocer la comunidad humana y dará las respuestas que son necesarias.

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En este sentido se han hecho esfuerzos en varios frentes. Por un lado, la predicación es insistente en el tema de la paz recibida de Dios, vivida en experiencia de fe, transmitida en todo momento, en el contexto de la historia que vivimos a diario, a veces de manera muy difícil. Por otro lado, hay inserción de instituciones que ayudan poco a poco a organizar las iniciativas para la paz; el Centro Shalom para la Reconciliación y la Paz (ONG de los Misioneros de San Patricio) es una de estas instituciones, y ha facilitado encuentros de estudio y reflexión sobre la naturaleza de la violencia y el manejo cristiano de los conflictos.

Por su parte, la Diócesis de Lodwar, para la atención pastoral de los turkana, y la Diócesis de Kitale, para la atencion pastoral de los pokot, han iniciado programas interdiocesanos de sacerdotes, de adultos (hombres y mujeres), de jóvenes y de niños. También la Diócesis de Eldoret, en la persona de su obispo, Mons. Cornelius Arap Korir, ha intervenido de manera relevante, pues se trata de la diócesis que dio origen a las otras dos, donde se ubica el conflicto intertribal del que hablamos.

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Finalmente, cabe señalar que también nuestros bienhechores están integrados a nuestra Misión entre los turkana, pues su oración y su sacrificio son claves a la hora de hacer vida la causa del Reino de Dios, que pide sellar con testimonio claro todo lo que contribuya a dignificar al pueblo de esta región del mundo.