Juan José Ramírez Escarza

En su Carta a los romanos, san Pablo exhorta a los cristianos de la siguiente manera: “El que comparte sus bienes, que dé con sencillez” (Rm 12, 8). San Pablo no únicamente nos pide que seamos generosos con el prójimo, sino que todo acto de caridad lo hagamos sin segundas intenciones, sin buscar recompensas o reconocimientos.

El adjetivo “sencillo” posee diferentes connotaciones: que no tiene artificio ni composición, que carece de ostentación y adornos, una persona que obra con llaneza. Así, la sencillez a la que nos llama san Pablo se refiere a una entrega incondicional como discípulos de Cristo para brindarnos a los demás con sencillez en el corazón. Sólo así podremos ser para nuestra comunidad un signo de confianza y de buena voluntad.

Editorial

Un cristiano sencillo es aquel que es bueno, procura el bien común y quiere lo mejor para los demás. Además, es aquella persona que encuentra en esa actitud generosa todo el reconocimiento y la recompensa que le son necesarios, porque la misma sencillez es una muestra del amor incondicional y transparente hacia el Señor, alejado de cualquier deseo meramente personal y egoísta.

La sencillez es una de las virtudes que la Iglesia nos pide practicar en diversos ámbitos de nuestras vidas, y es uno de los pilares que sostienen el trabajo misionero, pues nos ayuda a comprender a personas que tienen una cultura y una forma de ser y de pensar diferente a la nuestra. ¡Seamos, pues, sencillos de corazón, y entreguemos nuestras vidas a cumplir la voluntad divina!