P. Luis Alonso Yepes Cruz, MG

“No temas, que te he redimido,
te he llamado por tu nombre,
tú eres mío”
(Is 43, 1)

Una de las características de la cultura actual es el aislamiento del individuo. Paradójicamente, tenemos mejores medios de comunicación, pero nos encontramos cada vez más aislados. El individuo se ve cada vez más solo, dejado a la deriva en algo tan fundamental como es la toma de decisiones. Por eso se afirma que hoy tenemos al “hombre-sin-vocación”, incapaz de escuchar el llamado de Dios, porque es incapaz de llamar, es decir, de relacionarse en profundidad con él mismo, con los demás y con Dios.

Para el misionero esto es un desafío, porque un hombre sin vocación es “tierra de Misión” en donde somos llamados a anunciar al Dios que nos ama y nos llama de manera personal a una tarea concreta, precisamente porque su amor siempre otorga un sentido nuevo a la existencia y la lanza hacia un proyecto de vida. Esto hace surgir una gran esperanza, sostenida en la confianza de que es Dios quien llama; Él es el dueño de la mies.

Te llama 01

Una de las mayores alegrías en el trabajo vocacional surge cuando, dentro del proceso de acompañamiento vocacional, permitimos que el joven escuche la voz de Dios que le llama por su nombre y le da una misión muy concreta para su vida. Ser llamado por el propio nombre significa que cada uno de nosotros es especial para Dios. Pero esto implica un proceso en el que surgen varias interrogantes.

“¿Por qué vivo?” es la primera pregunta que la persona debe hacerse. Surge cuando todo lo que hemos hecho no nos hace sentir felices, o cuando –como sucede en muchos casos– experimentamos un vacío en nuestro interior. Esto requiere que cada persona reconozca en su propia historia el paso del amor de Dios, el cual le hace comprender que la vida es un regalo, un don que ha recibido gratuitamente, pero que requiere de su aceptación.

Cuando se reconoce este don, por inercia surge la siguiente pregunta: “¿Qué hago con este don?”. Partiendo del encuentro personal con Jesucristo, el Enviado del Padre, reconocemos que nuestra vida se va transformando en una historia de salvación; es decir, una historia en la que –por más dura que sea– Dios ha estado actuando. Surge entonces el deseo de seguirle porque en Él hemos encontrado un sentido nuevo, una alegría profunda, una paz indescriptible. Descubrimos paulatinamente que ser su discípulo es el mejor camino a seguir. Nos dejamos formar por Él, pero nunca de manera aislada, sino dentro de una comunidad: la comunidad de los discípulos.

Te llama 02

En esta relación con el Señor Jesús se va descubriendo algo grande: la vida plena de cada uno se inserta en aquello que Jesús llamó el Reino de Dios. Este reino de plenitud (en donde se vive la fraternidad, la justicia, el respeto por la dignidad de cada uno, la paz, la alegría y todo cuanto hay de bello, bueno y verdadero) se vuelve el centro de la vida: hacemos todo cuanto sea necesario para conseguirlo (cfr. Mt 13, 44).

Pero esta alegría del Reino ¡es tan grande que no cabe en nosotros mismos! Entonces el Señor nos lanza un desafío mayor: vencer la tentación de guardarnos para nosotros mismos la riqueza que hemos descubierto e ir al encuentro de quienes no tienen esa Vida que nosotros hemos empezado a disfrutar.

En ese momento llega la tercera pregunta: “¿Dónde?”. Y nuevamente la historia personal nos ofrece la respuesta, pues en ella Dios nos ha ido llamando a nuestra misión específica. A veces cuesta mucho responder a esta pregunta porque no sabemos “leer” los signos de nuestro Padre, y es aquí donde se vuelve necesario dejarnos acompañar por alguien que ya ha vivido este proceso, a fin de que nos oriente para clarificar y vencer las dificultades. Solamente quien se deja guiar tendrá las herramientas necesarias para poder emprender el camino que lleva a ese lugar específico en el que Dios nos llama a ofrecer la vida para encontrar la Vida.

Te llama 03

Y tú, joven, ¿ya escuchaste tu nombre? Lánzate a la aventura más grande de la vida: escuchar tu propio nombre y descubrir el lugar en donde Dios te llama a ser feliz, pleno, santo. Inicia un proceso vocacional y déjate sorprender por Dios. Contáctanos y permítenos acompañarte.