Juan José Ramírez Escarza

En el siglo I antes de Cristo el poeta Horacio (65-8 a. C.) escribió en sus Odas lo siguiente: Dum loquimur, fugerit inuida aetas: carpe diem, quam minimum credula postero, cuya traducción es: “Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso. Aprovecha el día, y confía lo menos posible en lo que viene”. Este fragmento pertenece a una oda en la que el poeta invita a no preocuparse por los designios del destino y no tratar de adivinar qué depara el futuro en la vida.

La locución carpe diem (aprovecha el día) ha inspirado múltiples obras y reflexiones a lo largo de la historia, pero hoy parece haber sido reducida y deformada a una invitación simple y egoísta a vivir el momento sin importar nada más. Cuando uno se centra en lo efímero del instante y olvida lo que es trascendente en la vida; cuando uno cree que lo único que importa es el tiempo presente y pone toda su confianza en los propios deseos y capacidades, se pierde el sentido original de “aprovechar el día”.

editorial

Ninguno de nosotros sabe cuánto durará su vida, ni hasta cuando tendrá claridad en la mente y fortaleza en el cuerpo para realizar sus anhelos. “Aprovechar el día” implica ser consciente de que esta vida (y todo lo que hay en ella) es un regalo que Dios nos ha dado, y nos permite superar el miedo y la incertidumbre que nos produce nuestra propia fragilidad: miedo a enfermarnos, a envejecer, a afrontar un futuro que nos es desconocido.

“Aprovechar el día” es una invitación a hacer lo que nos corresponde en el tiempo y el espacio que Dios ha dispuesto para nosotros, agradeciendo siempre el regalo de la vida que en su infinito amor nos ha dado.