Diácono Pedro García Flores, MG

El P. Alejandro Gollaz Mares, MG, comenta que: “En 1979 llegaron los primeros seminaristas MG a continuar su formación en Kenia, para que en un futuro trabajasen en ese país africano, habiendo tenido la oportunidad de una formación más inculturada. Varias generaciones de seminaristas pasaron hasta que, en el curso 2003-2004, el proyecto pasó a ser un Centro de Formación MG en África”. Es de esta forma que los Misioneros de Guadalupe han enviado y siguen enviando seminaristas a la Misión de Kenia con el objetivo de que continúen su formación en los estudios de Teología en un lugar de Misión.

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Queridos Padrinos y Madrinas, mi nombre es Pedro García Flores y soy originario de la Sierra Mazateca, Huautla de Jiménez, Oax. Hace casi diez años inicié mi formación al sacerdocio misionero, y desde hace cuatro años llegué a Kenia para continuar mi formación en la etapa de Teología. Con la bendición de Dios he terminado mis estudios en el Colegio Hekima, en el Centro de Formación en África. Hace poco recibí la ordenación diaconal en estas hermosas tierras africanas. Mi experiencia en la Misión ha sido importante y por ello quiero compartirles algunas reflexiones al respecto.

Es difícil saber cómo nace una vocación. Yo no sé exactamente como nació la mía, pero estoy seguro de que en mí estaba una semillita desde siempre, y me di cuenta de eso cuando comenzó a mostrar brotes mientras laboraba como enfermero en el asilo de ancianos indigentes Vivir de Amor, ubicado en Cholula, Pue. Fue desde ese momento que le di el Sí a Nuestro Señor. También ha tenido que ver el hecho de que mi familia es católica y en casa siempre se ha respirado un ambiente donde Dios ha ocupado el lugar más importante.

Quiero compartirles un poema de Rabindranath Tagore, pues siento que refleja una parte de lo que es mi vida como Misionero de Guadalupe en Kenia:

Tú me has traído amigos que no me conocían.
Tú me has hecho sitio en casas que me eran extrañas.
Tú me has acercado lo distante
y me has hermanado con lo desconocido.
Mi corazón se inquieta si tengo que dejar mi albergue acostumbrado.
Olvido que lo antiguo está en lo nuevo y que en lo nuevo vives también tú…
Pero cuando se te conoce, nadie es extranjero,
ninguna puerta está cerrada. ¡Señor, concédeme esto que te pido: que yo no pierda nunca la
felicidad de encontrar lo único en este juego de lo diverso!1

Mi vida como misionero en África ha sido muy rica en lo que se refiere a ir al encuentro de lo desconocido, pues eso que no me resulta familiar, una vez que se torna conocido, es amado y entra a formar parte de nuestra propia historia.

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El pueblo keniano, con el cual he vivido por cuatro años, me ha enseñado a ser de forma plena un Misionero de Guadalupe y he podido aprender cómo se acoge culturalmente a la gente y se le hace sentar en la misma mesa, conocer a aquellos a quienes Dios nos pide servir, con quienes como misioneros compartimos no sólo los alimentos sino también la vida. Ahora conozco la importancia de mostrar la Eucaristía como una celebración en donde todos pueden compartir lo que Dios habló a su corazón, pues eso la hace más rica y viva.

La gente, al vernos caminar por las calles, callejones y barriadas, nos llama brothers (hermanos), y es admirable porque es esta nuestra vocación, pero muchas veces, y sobre todo al inicio, más que hermano me sentí también como un “hijo”, al cual era necesario enseñar, ayudar, acompañar… incluso consolar y dar ánimo.

Mi apostolado durante estos años ha sido visitar y acompañar a enfermos –pacientes con todo tipo de enfermedades y en diferentes fases de las mismas–, rezar con y por ellos junto a sus familias, siempre dando tiempo (y de forma muy especial) a la escucha, al silencio, al respeto de cada credo y cada cultura, a saber estar sin prisas con quien está solo ante alguna enfermedad, o bien ante la muerte. Esa es una labor que nos exige dar testimonio de la fe y de la esperanza que nos anima, para que Jesús resplandezca en los enfermos no creyentes y creyentes que confían en Él. Esta pastoral, hermosa pero dura a la vez, me ha ayudado a mirar y a vivir lo esencial, lo que merece la pena, y me ha recordado que aquí estamos de paso y que todos somos peregrinos en esta tierra, pero hermanos hijos de un mismo y único Padre.

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Si alguien me pregunta: “¿Que significa para ti ser Misionero de Guadalupe?”, en pocas palabras le respondería lo que hasta aquí les he comentado: se trata de ser testigo del Dios del amor que llama a todos y cada uno de nosotros a vivir y formar la gran familia humana, en la que las diferencias no son una amenaza de la cual debamos defendernos, sino una riqueza que nos ayuda a valorar y ser valorados. Ser Misionero de Guadalupe en Kenia es, recordando a Tagore, descubrir al Dios siempre nuevo en lo diferente: el Dios que quiere vida en abundancia para todos. Es nuestra tarea colaborar, con todas nuestras fuerzas y debilidades, para que este sueño de Dios se haga realidad; a eso estamos llamados sus ahijados, pues este es el mandato misionero tal y como lo encontramos en el Evangelio de Mateo 28, 19-20.

Tengo el corazón agradecido con Dios y con el pueblo de Kenia por todo lo que he aprendido a lo largo de estos años, con cada una de las personas con las que he podido compartir. Llevo presentes en mi corazón todas estas experiencias, y ahora todavía más, pues vivo de tiempo completo mi ser misionero en la etapa del diaconado, en la cual ofrezco servicio en nuestra Parroquia de San Pedro, en Mashuuru, con las comunidades maasai.

Doy gracias a Dios por tantas gracias y bendiciones recibidas de su parte, y también a ustedes, Padrinos y Madrinas, por hacer posible esta gran tarea misionera; sepan que desde cualquier parte del mundo en donde nos encontramos los tenemos presentes y pedimos a Dios que los bendiga y acompañe siempre. ¡Mungu akubariki Africa! (¡Que Dios te bendiga, África!) ¡Mungu Awabariki dunia wote! (¡Que Dios bendiga a todo el mundo!) ¡Mungu awabariki zote! (¡Que Dios los bendiga a todos!).

 

1 Rabindranath Tagore, Cuentos elegidos.