P. Ignacio Flores G., MG

¿Y qué es lo que podemos hacer para que existan más vocaciones en nuestra Iglesia? Esta es la pregunta común y espontánea de muchas personas con quienes a veces me encuentro. Yo les respondo que son bastantes las formas con las cuales podemos contribuir para que la petición de más vocaciones sea una realidad palpable en nuestra Iglesia. Y la verdad es que puede hacerse mucho con lo que pareciera ser tan poco…

En esta ocasión quiero compartirles, queridos Padrinos y Madrinas, la motivación que una señora de 90 años años de edad, muy humilde, infundió en un grupo de jóvenes que buscan servir a Dios en la vida misionera. Esa misma motivación también la infundió en la propia la vocación de un servidor, su ahijado sacerdote.

Aquella vez nos encontrábamos realizando trabajo misionero con un buen número de muchachos, para compartirles, más o menos, la forma en que los Misioneros de Guadalupe realizamos la evangelización en África, Asia, América y prácticamente cualquier lugar donde el Señor nos invita a llevar su Buena Nueva.

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En primer lugar, se debe ser consciente de que servir a Dios en las Misiones significa dejar las comodidades de nuestras casas, alimentarnos con otros alimentos y sazones, dormir en algún lugar desconocido, vivir el encuentro con otras personas, incluso escuchar otros idiomas o formas de comunicación, entre tantos otros retos más.

Cuando visitamos las casas de aquella comunidad compartíamos la Palabra de Dios y al mismo tiempo llevábamos un saludo de parte de la parroquia que nos enviaba a nuestra Misión. Al llegar a una casa que lucía muy solitaria, encontramos a doña Apolonia, que se hallaba tranquila, tomando un poco de sol para mitigar mínimamente el frío que por lo regular se deja sentir en aquella región, sobre todo en las primeras horas del día.

Era una mañana tranquila y nuestra misión comenzó con un saludo muy afectuoso que la señora Apolonia respondió serena y sin mucha emoción. Era curioso ver cómo ella no nos demostraba sorpresa ni miedo, a pesar de que éramos varios hombres jóvenes y desconocidos quienes pisábamos los espacios de su patio. Casi inmediatamente nos presentamos uno por uno como misioneros. Ella, por su parte, levantaba la mirada para vernos con algo de dificultad. Agachada por la edad nos daba una bienvenida muy tranquila y simple.

Poco a poco, haciéndole plática, notamos que nos escuchaba con atención y al final de cada saludo agradecía a Dios la visita que le hacíamos. Nos dijo que a ella le gustaban mucho los cantos de la iglesia, pues en su tiempo era una feligresa muy activa; pero ahora, por la edad, no podía moverse, y difícilmente llegaba a la Misa, pues además de vivir al otro extremo del pueblo no había una persona que la llevara.

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Sin embargo, de las veces que podía ir a la iglesia, había algo que la emocionaba muchísimo: la música. De hecho, al estar platicado con nosotros entonó felizmente algunos cantos para demostrarnos que de verdad sabía varias melodías religiosas.

Además de lo anterior, nos presumió que hablaba la lengua nahuatl y comenzó a pronunciar palabras sin ninguna restricción a pesar de que nosotros no podíamos entender una sola. De vez en cuando hacía una pausa para decirnos que desde pequeña siempre siguió la tradición religiosa de sus padres (en ese momento levantó su mirada para darle autoridad y énfasis a las palabras que pronunciaba mientras nos miraba a los ojos).

Después de un tiempo nos invitó a pasar a su cuarto, pues para ese entonces ya nos habíamos ganado mucha de su confianza. Allí nos mostró su altar con las imágenes de algunos santos, las veladoras ya consumidas y todo lo que su fe le hacía vivir día a día. En ese contexto, algunos muchachos hacían preguntas, otros únicamente observaban, y yo también vivía mi propia experiencia de encuentro entre el Pueblo de Dios y aquellos que desean servirlo.

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Ciertamente ya habíamos visitado algunas casas y a nuestro paso, de manera generosa, la gente nos regalaba pan, gelatinas o algo de fruta. Esta era una forma muy agradable de convivir con nuestros hermanos en la fe y mostrar el agradecimiento de la visita misionera. Repentinamente, al momento de anunciar que debíamos continuar nuestro camino, uno de los muchachos le dejó a doña Apolonia algo de lo que le habían compartido en una de las casas; imitando el gesto, cada uno de nosotros regalamos a aquella mujer una parte de nuestras ofrenditas.

Al momento de despedirnos y agradecer la hospitalidad de doña Apolonia, ella nos ofreció muy respetuosamente una bendición en su lengua natal. Los muchachos se hincaron y yo hice lo mismo. De esa forma, uno a uno fuimos recibiendo una bendición muy al estilo de doña Apolonia. Esa oración se acompañaba con una intención profunda de buenos deseos para nuestro caminar misionero, sobre todo cuando le solicité que pidiera mucho por aquellos muchachos que deseaban ser sacerdotes misioneros algún día. Ella lo hizo sin más explicación y solamente les dijo: “Ánimo, jóvenes, y que nuestro Señor los bendiga”.

Al salir del terreno de doña Apolonia ninguno de los muchachos decía nada. En silencio, creo que todos hacíamos lo mismo: agradecíamos a Dios ese ánimo que nos daba su bendición a través de aquella abuelita, y reflexionábamos y vivíamos personalmente la experiencia.

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No sé si este detalle haya sido para algunos de los muchachos motivación para ingresar al Seminario de Misiones; muchos de ellos ya están cursando su formación en el Seminario Menor, otros en el Curso Introductorio, y a todos se les ve contentos y animados. De lo que estoy seguro es que con gestos tan sencillos como los de doña Apolonia uno puede hacer bastante para alentar a futuras generaciones de jóvenes para ser grandes sacerdotes misioneros.

Estimados lectores, los invito a conocer un breve video de esta experiencia. De antemano les ofrezco una disculpa por el sonido.