P. Daniel Panduro Fregoso, MG

En una jornada de animación misionera, en el momento de realizar las visitas a los enfermos, me solicitaron ir a ver a una joven enferma. Con gusto acepté y me acompañó uno de los Promotores Misioneros de nuestro Instituto en aquella localidad. Ese mismo Promotor, en una de sus visitas mensuales, se dio cuenta de la situación que imperaba en la vida de la joven enferma y sus papás.

Su nombre era Anabel y en su rostro se reflejaba la desesperación que le provocaban el dolor, la angustia, el cansancio e, incluso, el aburrimiento y una especie de sinsentido en su vida. La conjunción de todas esas emociones fue lo que le motivó a pedir un sacerdote que la visitara para dialogar y poder confesarse.

Al entrar con ella noté su rostro desfigurado, pálido y muy triste. Poco a poco fuimos dialogando, hicimos oración y dedicamos tiempo a reflexionar; su rostro fue cambiando.

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Uno de los muchos comentarios que me llegaron al corazón fue cuando me dijo: “Padre Daniel, ahora sí es tiempo de Dios”. Y continuó explicándome: “Yo me preocupé mucho por una carrera; soy enfermera. Tengo un buen trabajo apoyando en un colegio. Tengo unos lindos padres que a diario velan por mí. Soy casada y lo que más me duele es que mi tiempo planeado era para tener hijos y una linda familia, pero ahora, en estos cuatro años, me he dado cuenta de que mi tiempo, mis planes, no es el tiempo de Dios; no son los planes de Dios para mí. No puedo tener hijos, y mi esposo me dejó por mi enfermedad…

”Pero me he dado cuenta, en mi sufrimiento, que tengo una misión desde aquí: ofrecer mi dolor por todos los papás que pierden la sensibilidad de la vida en los hijos que Dios les manda. Sólo me queda decirles que no los abandonen, no los dejen, no los olviden. Los hijos son una bendición de Dios.

”Yo doy gracias a Dios por mi enfermedad y por tantos hijos felices que tienen unos lindos padres como los míos, que siempre se preocupan por mí. Ahora me siento feliz porque este ‘tiempo de Dios’, y sus palabras, P. Daniel, me han ayudado a encontrar una Misión desde mi dolor.

”Pido por los niños, para que su encuentro personal con Jesús en la Eucaristía sea siempre puro y con ilusiones de ser grandes en la vida. Pido por los adolescentes y jóvenes que pierden el sentido de existir, y por muchos enfermos como yo; espero que dejen que Dios toque su corazón y transforme su vida con grandes proyectos; que sean soñadores como yo lo fui.

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”También pido por todos los matrimonios, para que siempre, en las buenas y en las malas, estén juntos. Mi esposo me dejó al saber que estaba invadida por el cáncer. Y yo, mientras, seguí enferma en cama, sin poder moverme. Por eso agradezco a Dios por mis padres, que en todo momento están cerca de mí para que no me falte nada, no sólo en lo material, sino en lo más importante: lo espiritual.

”Gracias, P. Daniel, por visitarme y traerle la paz a mi corazón. La confesión y la comunión me dieron mucha fortaleza. Pediré mucho por las Misiones y por todos los misioneros, y espero que Dios le dé mucha salud para que siga visitando a muchos enfermos como yo y les lleve su amor divino”.

Estimados Padrinos y Madrinas, casos como estos nos muestran que Dios se manifiesta a todos y en todo momento para mostrarnos aquello que quiere para nuestras vidas y que podamos sentir lo grandioso de su amor incluso en las situaciones más desafortunadas.