Juan José Ramírez Escarza

Dios, en su infinito amor, nos ha regalado la vida, y en diversos documentos nuestra Iglesia nos recuerda el valor de esta y la importancia de defenderla por encima de cualquier interés que busque ponerla en riesgo.

Valdría la pena recordar que ese regalo no es para uso única y exclusivamente nuestro, sino para compartirlo. Desafortunadamente la mayoría de las personas nos hemos olvidado de eso; buscamos el bien y la felicidad por y para nosotros, como si de nuestra fuerza individual dependiera por completo la realización de nuestra existencia.

La vida que nos ha sido legada es un regalo para el mundo. Cada uno de nosotros nació para ser uno más dentro de una familia que debería luchar por el bien y la felicidad comunitarios. Todo lo que experimentamos a lo largo de nuestro existir –lo bueno, lo malo, lo feo, lo bello– debería de conducirnos y ser utilizado para un bien mayor. Sin importar lo que pase alrededor, el simple hecho de estar en el mundo debería llenarnos de agradecimiento, y la mejor manera de mostrarlo es usar nuestras habilidades y fuerza para desarrollar nuestras capacidades y ponerlas al servicio de los demás.

Editorial

La fe hace que podamos realizar la tarea que tenemos en el mundo y la Misión que como católicos estamos llamados a cumplir. Trabajar para ampliar la visión de nuestra propia vida en relación con la existencia de nuestros semejantes y dar cabida a la realización que Dios quiere para todos y cada uno de nosotros son los elementos que podemos fortalecer a través de nuestras creencias. A su vez, este desarrollo se convertirá en un alimento para nuestra fe y nuestro compromiso como discípulos de Jesús.

La vida es un regalo que vale la pena aceptar y compartir con los demás. Cada día es una nueva oportunidad para hacerlo y estar agradecidos. Así vivió Jesús entre nosotros y así nos pide que pasemos nuestra existencia terrenal, en espera de unirnos con Él cuando hayamos concluido nuestro camino en el mundo.