Blanca Deyanira Díaz Acevedo, MLA

Queridos Padrinos y Madrinas, lectores, amigos y misioneros, espero que la paz de nuestro Señor habite en sus corazones. Hoy deseo compartirles la historia y el testimonio de fe de Consuelo Zacarías, una mujer soltera de la aldea de Chastutú, en Guatemala, a quien el equipo de Misioneros Lacios Asociados en aquel país ha acompañado durante 14 años.

Consuelo, huérfana de madre, desde niña fue entregada a sus padrinos de Bautismo para su cuidado y protección. Su padrino, Papá Chema, como ella lo nombra, fue durante muchos años el animador para que la comunidad viviera actos de fe; en su casa, bajo la sombra de un árbol de tamarindo, se realizaban las celebraciones, las fiestas religiosas y la Misa cuando el sacerdote llegaba a caballo. Fue ahí donde comenzó a crecer la semilla de la fe en el corazón de Consuelo.

Al morir sus padrinos, Consuelo quedó sola y comenzó a trabajar para su manutención. Realiza múltiples labores: corta y vende limones, mangos, tamarindos; hace algunos trabajos en las casas vecinas, además de cuidar sus propios animales: cerdos y gallinas.

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Consuelo es una mujer callada y observadora. También es amiga de todos los miembros de la comunidad, quienes la visitan y la acogen muy bien, especialmente las jóvenes. Desde siempre ha manifestado su gusto y alegría por pertenecer a la comunidad cristiana. Por ello ha sido muy amiga de todas las misioneras laicas que hemos trabajado en la comunidad.

Por otra parte, a ella se le ha ayudado cuando se enferma y requiere de medicamento. Así mismo, ella, que no puede leer ni escribir, tenía un problema con su registro de nacimiento y se le ayudó a resolverlo; cada misionera laica puso su granito de arena para restablecer su situación legal y ahora cuenta con su acta de nacimiento y el registro único de identidad, el cual se requiere en Guatemala.

Desde muy niña Consuelo ha formado parte de la pequeña comunidad católica, pero no había hecho la Primera Comunión. Sin embargo, a los 56 años de vida manifestó su deseo de recibir a Jesús Sacramentado, lo cual fue una alegría para todos; la acompañamos en su formación para recibir dicho sacramento, además del de la reconciliación. ¡Gracias al Señor, por las maravillas que hace en el corazón de cada hombre y cada mujer, ahora ella comulga todos los domingos!

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¡Todo llega a su tiempo! No sabemos cómo ni cuándo se dan los frutos de la evangelización en cada persona. Sólo el Señor sabe cuándo llegará cada momento, y al grupo de mla en Guatemala nos bendijo con la oportunidad de ser testigos de los frutos del trabajo misionero que se realizó durante años; ante estos grandes acontecimientos sólo queda agradecimiento en el corazón.

Agradezco a Dios por las vocaciones de cada uno de los misioneros que han pasado por las tierras guatemaltecas y han contribuido a la labor evangélica. De igual manera, doy las gracias a todos los Padrinos y Madrinas de nuestro querido Instituto, porque gracias a su contribución se sigue cumpliendo el mandato misionero de ir hacia todas las gentes.

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