P. Ignacio Flores García, MG.

En ciertas ocasiones, cuando la mente encuentra algunos momentos para el recuerdo, me pongo a pensar en aquellas anécdotas de antaño, cuando misionaba en las tierras de Angola. No cabe duda de que al recordar esas experiencias es como si mirara atrás y apreciara todo el camino que he recorrido; y por supuesto, al mirar hacia el frente, ver todo lo que aún me queda por recorrer.

Después de acordarme de esos momentos llenos de experiencias maravillosas, casi siempre se manifiestan también momentos de reflexión que me hacen pensar que mi vocación tiene mucho parecido con un camino africano.

En África, algunos días me dirigía a visitar, con el P. Luis Alonso Yepes C., MG, una de las comunidades más alejadas de la parroquia. Durante el camino el P. Luis le iba dando boleia  (aventón) a la gente que se lo pedía. En un momento subía una señora, más adelante un señor, luego algunos niños, otras veces algunos jóvenes… y así sucesivamente hasta que la camioneta se llenaba por completo. Como muchos de ellos querían ir al encuentro de sus hermanos católicos en los barrios aledaños y participar de la Misa, se unían a nuestra ruta. Algunos únicamente viajaban para visitar a sus familiares y el aventón que la camioneta misionera les daba era un gran apoyo para su viaje. De esta manera, el P. Luis paraba de vez en cuando para subir  o descender pasaje; ¡parecíamos candongueiros, es decir: choferes de transporte colectivo en aquellas aldeas remotas de Angola!

Así pasábamos largas horas de camino. A falta de música en la radio, la gente entonaba algunos cánticos. Los cantos para mí eran totalmente desconocidos, pero hablaban de felicidad, mucha felicidad; y eso puedo imaginarlo por las palmadas y sonrisas con que los expresaban. La mayoría de esos cantos eran de Iglesia, porque casi siempre quien los entonaba era el catequista o alguna señora de las que generalmente se encuentran sirviendo en el templo.

Pastoral Vocacional, octubre, 2015

Yo no entendía nada, pero al menos me animaba a aplaudir y sonreírles de vez en cuando, especialmente al volver la vista atrás para intentar descubrir quién era la persona más cantadora que ambientaba el momento. En realidad creo que eran todos, y adentro de la camioneta todo resonaba fuerte y más animoso con cada canto. Eran varias las canciones que amenizaban nuestro viaje, y en medio del calor, las malas condiciones del camino, las horas de cansancio, etcétera, llegábamos a la comunidad para celebrar la Santa Misa.

Otra cosa maravillosa era que, luego de tener la celebración, recibíamos la generosidad de la gente mediante algunos alimentos que con mucho cariño nos preparaban. Dentro de su pobreza, yo consideraba esos platillos como el manjar más sabroso del momento (una vez, con motivo de la entronización de un santo, en una capilla que se fundó dentro de un barrio naciente y con pocas familias, a los misioneros nos prepararon un manjar digno de recordar, pero eso se los contaré, espero muy pronto, en otra ocasión).

Pues bien, queridos bienhechores, al recordar esto que viví, me pongo a reflexionar que mi vocación ha sido y es aún como un camino muy parecido al de las Misiones africanas donde he estado: empezar desde un punto de partida al responder a un llamado y encontrar durante mi caminar vocacional a mucha gente que me ha acompañado, me hace pensar en aquellas personas que se subían a la camioneta para viajar con nosotros; y el canto y las sonrisas no pueden ser sino las oraciones que tantos misioneros recibimos cuando estamos lejos.

Siento que, aunque a veces los sacerdotes no entendemos los idiomas ni las circunstancias de todo lo que vivimos en Misiones, no nos queda sino sonreír y aplaudir de igual modo; esto en mi pensamiento equivale a ponerse en las manos de Dios, orar y compartir la alegría en este camino.

Pastoral Vocacional, octubre, 2015

De igual manera, estoy convencido de que los misioneros no vamos solos, ustedes nos apoyan bastantísimo; y ver que el camino sigue no hace mas que alentarme a recorrer las sendas que aún faltan por transitar compartiendo la fe y el amor de Dios.

Así es mi vocación: como un camino, un camino especial que Dios me invita a seguir recorriendo y en el que muchos jóvenes también pueden transitar libremente si así lo desean. Creo que muy pronto algunos jóvenes aventureros y generosos también desearán recorrer estas sendas de Misión.

Queridos bienhechores, que Dios los bendiga y los cuide en los diferentes caminos que nos llevan a Él. Los invito a ver un pequeño video de uno de los caminos de Angola en el siguiente enlace www.revistaalmas.com.mx/comouncamino. ¡Gracias por su apoyo a las Misiones!