P. Héctor Díaz Fernández, MG.

Nuestros artículos, octubre, 2015

Estimados Padrinos y Madrinas, les comparto esta pequeña anécdota de mi andar misionero. En una ocasión, una señora se acercó y me dijo: “Padre, quiero contarte algo que me edificó mucho y me llenó de alegría y paz”. Le pedí que continuara con confianza, y siguió: “Pues fíjese que conocí a un sacerdote que irradiaba paz y alegría interior. Me acerqué a él para saludarlo y le dije que me había impresionado su modo de ser y que me habían dado ganas de saludarlo”.

Ya sentados, la señora me dijo que aquel sacerdote le sonrío con una bondad que la llenó de alegría, y después comenzó a contarle el siguiente relato:

No es la primera persona que me lo dice, ni es la primera a la que le voy a contar esto: soy de un pueblo de agricultores, pequeño y pobre. Mi papá, con mucho sacrificio, me mandó a estudiar. Yo hice todo lo que pude para responder a sus esfuerzos, pues su esperanza era que yo ayudara a la familia con una profesión.

Sucedió que en una de las vacaciones que tuve en la universidad fui a casa y me encontré con que mi papá estaba gravemente enfermo, al grado de que los médicos lo habían desahuciado. El dolor y las lágrimas de mi mamá y de los demás miembros de mi familia me conmovieron profundamente. Entendí que mi papá y toda la familia se estaban sacrificando para sostener mis estudios, y por eso todos sufrían.

Triste, conmovido y sin saber qué hacer, me fui a rezar a la capilla del pueblo. Ahí, entre otras cosas, le dije a Dios que si se curaba mi papá yo me iría al seminario para ser sacerdote. No le quiero hacer el cuento largo, pero mi papá se alivió. Yo cumplí con mi promesa y ahora soy sacerdote y tengo la convicción de que existe Dios, de que es nuestro Padre y nos ama.

En una de las visitas posteriores que le hice a mi familia, se me acercó una señora y me preguntó: “¿Qué hiciste para curar a tu padre? Mira, yo soy mudang-1 y le hice todos los kut-2 que conozco, pero en lugar de mejorar se ponía cada vez peor, por lo que dejé de atenderlo. ¿Tú qué hiciste para curarlo?”.

Con brevedad le conté la historia de la promesa que le hice a Dios, el verdadero Espíritu, el Creador del Universo, el que es nuestro Padre y nos ama. Le dije que fue Él, no yo, quien lo había curado. Me hizo algunas preguntas más sobre Dios y se las respondí lo mejor que pude.

Tiempo después, durante una de las visitas que me hizo mi madre, me dijo: “¡Hijo, fíjate que la mudang que habló contigo ya se convirtió y se bautizó!”. Ya debe imaginarse que la noticia me llenó de una alegría, paz y confianza en Dios, nuestro Padre, que tanto nos ama que hasta la bruja se convirtió.

Nuestros artículos, P. Héctor Díaz Fernández, MG octubre 2015

Creo que ésta es la razón de la alegría y la paz que me llenan, y que las personas como usted perciben en mí. Espero haberle compartido correctamente el secreto. Mi secreto es Dios Padre, que me ama. Compártalo con otras personas.

Según me contó aquella señora, terminando de decir esto, el sacerdote se despidió y se retiró.

Ahora quise compartir con ustedes esta anécdota, que debe compartirse, como lo pidió aquel sacerdote, con otras personas, con todos cuantos tengan necesidad de Dios en sus vidas. El punto principal de la Misión es compartir el secreto de aquel sacerdote: Dios Padre nos ama, Jesús vino a recordarnos ese amor, y Él mismo ha resucitado y vive con nosotros como ejemplo de ese amor infinito.

1-Así llaman en Corea a las brujas que utilizan la magia blanca

2-Ceremonias a los espíritus.