Primera parte

P. José Navarro González, MG

 

Vida MG, octubre, 2015

Estimados Padrinos y Madrinas, en números anteriores de la revista Almas hemos hablado de los sacramentos de iniciación: Bautismo, Confirmación y Comunión. Ahora veremos los sacramentos medicinales (que curan el alma), los cuales son: Confesión o Penitencia, y Unción de los enfermos.

Creo en el perdón de los pecados “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). Estas palabras que Jesús resucitado dirige a los apóstoles nos dan la certeza de que, cuando nos arrepentimos y confesamos nuestros pecados en el Sacramento de la Confesión, ¡nuestros pecados
son totalmente borrados de nuestra alma, que se ensucia cuando pecamos y desobedecemos! Dios, que es tan bueno y nos ama tanto, hace un milagro en nuestra alma cuando recibimos el perdón de los pecados a través de la absolución del sacerdote… ¡vuelve a hacerla tan blanca como la nieve! ¡Se van todas las manchas! ¡Él puede hacerlo porque es Dios y para Él no hay imposibles! ¡Nunca duden en ir a confesar sus pecados!

Nuestro catecismo nos dice que: “No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. No hay nadie tan perverso y tan culpable que, si verdaderamente está arrepentido de sus pecados, no pueda contar con la esperanza cierta de perdón… Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado” (Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 982)

La penitencia o confesión de los pecados es el sacramento por medio del cual nos reconciliamos con Dios y nos volvemos a unir al cuerpo de la Iglesia, ya que por el pecado rompemos la comunión con Él. Para celebrarlo correctamente tenemos que seguir cinco pasos:

a) Examen de conciencia.
b) Dolor de corazón.
c) Propósito de enmienda.
d) Decir los pecados al confesor.
e) Cumplir la penitencia para reparar el daño causado por los pecados.

Los efectos que nos regala el sacramento son: reconciliación con Dios, recuperación de la gracia, remisión de la pena merecida por los pecados, la paz y la serenidad de conciencia, el consuelo espiritual y el aumento de fuerzas para luchar contra el pecado. Sólo mediante la confesión y la absolución nos reconciliamos con Dios. El texto que nos muestra la institución de este sacramento es el citado arriba: Jn 20, 22-23.

¿Por qué confesar nuestros pecados? Está comprobado que, al confesar nuestros pecados ante el sacerdote, tenemos una especie de catarsis (una descarga psicológica) que nos libera, y más cuando recibimos la absolución. Se dice que, cuando nos guardamos nuestras faltas, seguimos llevándolas en nuestras espaldas; nos provocan remordimiento. Esto, claro, si escuchamos
la verdadera voz de nuestra conciencia. Pero, aunque nos engañáremos a nosotros mismos diciendo: “No tengo pecado; no me acuerdo de haber pecado”, el peso de lo que hayamos hecho mal seguirá encima de nosotros. Tarde o temprano tendremos que soltarlo, si no ante un sacerdote, entonces ante un psicólogo (aunque de éste no podemos esperar la absolución que Cristo nos confiere únicamente a través del sacerdote).

El hecho de confesar nuestros pecados y recibir la absolución equivale a “lavar” o “bañar” nuestra alma. Creo que todos los que regularmente vamos al confesionario a descargar nuestra conciencia, después de recibir la absolución nos sentimos más ligeros. Cristo Jesús ha aliviado nuestra alma y ha tomado sobre sí mismo el peso de nuestros pecados, “…por sus llagas hemos sido sanados” (cfr. Is 53, 4-6 y 11). “Vengan a mí los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré” (Mt 11, 28).

Los Sacramentos, octubre, 2015

Cuando dejamos de asear o bañar nuestro cuerpo éste empieza a oler mal, aunque nosotros mismos no nos demos cuenta. “Yo no huelo mal” –decimos, acostumbrados a nuestro propio olor. Y cuando alguien nos lo hace notar y nos da vergüenza y nos bañamos, entonces sentimos el alivio que nos trae la higiene personal. De igual modo sucede cuando “bañamos” nuestra alma. Si nos preocupamos tanto de nuestro cuerpo (que tarde o temprano perecerá y se pudrirá) ¿por qué no preocuparnos de la limpieza de nuestra alma? (que es inmortal).

Estimados lectores de Almas, en la continuación de este artículo veremos algunas de las razones que han llevado a varias personas a alejarse del Sacramento de la Confesión. Reflexionaremos al respecto y mostraremos la necesidad de confesarnos, por encima de cualquier cuestionamiento que podamos hacer al respecto.