P. Luis Alonso Yepes Cruz, MG.

El Evangelio de Lucas, en el capítulo 24, a partir del versículo 13, nos muestra la historia de dos discípulos que se dirigían a un pueblo llamado Emaús después de haber sido testigos de la muerte del Maestro en Jerusalén. Este texto se ha vuelto parte importante de mi vida y de mi ministerio sacerdotal misionero, como acompañante vocacional, porque he ido experimentando cómo el mismo Jesús se aproxima a tantos jóvenes para hacerles comprender el sentido de sus vidas.

La historia del evangelista Lucas nos narra el caminar de dos discípulos que regresaban a sus vidas ordinarias después de haber convivido con Jesús. Sin embargo, ante la muerte del Salvador, sus esperanzas, sus proyectos, sus ideales habían quedado destrozados y regresaban –como tantos jóvenes– sin mayor ilusión. Ellos no habían entendido el mensaje del Maestro y eso les traía enorme sufrimiento. ¿Cuántas personas hoy sufren a causa de tantos fracasos, desilusiones, proyectos deshechos? ¿Cómo enfrentar la vida así?

Artículos del mes, octubre, 2015

Jesús resucitado camina siempre junto a aquellos que viven desorientados, se hace compañero del camino y de mil formas nos ayuda a ver la historia –nuestra historia (que en muchos casos es difícil y dolorosa)– como una historia de salvación, como una historia en la que Dios salva, cura y libera, otorgándonos una dignidad que nadie nos podrá quitar, fruto de su amor infinito e inquebrantable, que nos  permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría-1.

Y como les sucedió a los discípulos: el corazón empieza a arder… Porque cuando el Señor parte el pan es que ellos le reconocen. ¡El Maestro lo había hecho en la última cena! ¡Solo Él podía pronunciar esas palabras y hacer ese gesto! Su corazón pasó de sentir ese fuego que hacía arder el corazón a tener la certeza y la fuerza de toda su persona: ¡Jesús estaba vivo!

Es la experiencia de Jesús resucitado lo que hizo que la vida de esos dos discípulos tomara un nuevo sentido, nuevas fuerzas. La alegría disipó todo miedo e inseguridad y se lanzaron con valentía, en medio de la noche, a la que tanto temían, para ir al encuentro de los hermanos y anunciarles que no era una simple invención de las mujeres: ¡El Señor estaba vivo! “Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro–con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra condición aislada y de la autorreferencialidad”-2. Los discípulos regresaron al lugar de donde habían salido huyendo, volvieron a la comunidad porque ahí es donde se vive, se celebra, se conoce, se sirve, se anuncia al Resucitado. Contrario a lo que hoy muchos piensan, la Iglesia es el lugar del encuentro con Cristo vivo.

Solamente la experiencia de Jesús, que ilumina y convierte nuestra historia en parte de la Historia de Salvación, puede hacer que cualquier persona busque y encuentre el sentido profundo y verdadero de su existencia. ¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí? ¿A dónde voy? son las preguntas que únicamente se pueden responder con coherencia desde la propia historia. Si nuestra historia es de Salvación, Dios siempre tendrá una palabra buena que dirigirnos a fin de ayudarnos a encontrar el camino que nos lleve a vivir con alegría y esperanza, venciendo los miedos, las frustraciones e inseguridades, y lanzándonos al anuncio gozoso de aquel que ha resucitado, que hace que el corazón arda y que se nos muestra como Vida abundante.

En esto consiste la verdadera vocación misionera: saber que Él ha transformado nuestras vidas y nos ha devuelto la alegría de ser amados por el Padre; que Él ha vencido al mal y es el origen de la plenitud que todo hombre y mujer ansía. Quien lo ha encontrado, lo comparte.

Nuestros artículos, octubre, 2015

Dejémonos acompañar por Jesús (a través de la oración, la Palabra, los sacramentos, el servicio a los más necesitados, en un proceso de discernimiento vocacional) para que, haciéndonos arder el corazón, transforme nuestras vidas y así podamos regresar por la calzada de Emaús (venciendo miedos, fracasos, sufrimientos) e ir al encuentro de aquellos que no saben que Jesús está vivo.

En nuestros Centros de Orientación Vocacional nos esforzamos para que Jesús sea el compañero de camino de cada joven que se acerca en busca de darle un sentido más profundo a su existencia. Procuramos que los jóvenes dejen que Él les explique las Escrituras (desde la propia historia) y haga arder su corazón con el fuego de su cercanía y su presencia. Nuestros procesos vocacionales se orientan a que el joven, partiendo de saberse incondicionalmente amado por Dios, descubra su vida como un don que alcanza su sentido más profundo cuando se comparte, cuando sale de sí mismo para ir al encuentro de los demás, y anunciar a quienes viven tristes que hay una razón para vivir: Jesús.

1-Cfr Papa Francisco, Evangelii Gaudium, mún. 3

2-Ibid. núm. 8