P. José Navarro González, MG

Queridos Padrinos y Madrinas, con esta última entrega culminamos los comentarios, que hemos publicado desde números anteriores de Almas, acerca del Sacramento de la Confesión.

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Secreto de confesión

Al confesarle nuestros pecados al sacerdote, contamos con la garantía de que él guardará, para siempre, este secreto. Si el sacerdote no guarda este secreto, entonces cae en un gran sacrilegio y queda inhabilitado para seguir ejerciendo su ministerio sacerdotal. Además, el Espíritu Santo ayuda al sacerdote a olvidar los pecados que escuchó. ¡Son tantas las personas que se han confesado con él, que sería imposible que retuviera en su memoria todos los pecados que ha escuchado! ¡Los pecados ya los perdonó Jesucristo, y ya se los llevó y los sepultó al pie de la cruz!

Jesús, en su inmensa misericordia, sólo quiere que seamos humildes y que nos reconozcamos pecadores, para que Él así pueda perdonarnos, y ya jamás acordarse de nuestras faltas. Pero, de igual forma, nos pide que nosotros también seamos misericordiosos con los demás. En la preciosa oración Padre nuestro, que Él mismo nos enseñó, viene una frase muy importante: “…perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Es en este sacramento, especialmente, donde más sentimos y experimentamos la gran misericordia que Dios nos tiene. Pero no hay que olvidarlo: para hacer una buena confesión debemos reconocernos, con toda humildad, como pecadores. ¡Y dar gracias a Dios por su infinita misericordia!

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