Juan José Ramírez Escarza

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Estimados lectores de Almas, este mes festejamos la Presentación de Jesús en el templo y la Jornada de la Vida Consagrada, además de que da inicio el tiempo de Cuaresma. Como sabemos, la Cuaresma precede a la Pascua y es un periodo valioso e importante, de oración y preparación espiritual para el encuentro con Cristo. Además, este año, a la luz del Jubileo de la Misericordia, los católicos debemos recordar que Cristo es la mayor muestra del amor y la misericordia del Padre hacia nosotros. Aquellas personas que han optado por la vida consagrada juegan un papel muy importante en esto, pues deben ser ejemplo de los valores y virtudes evangélicos, y hoy más que nunca se exige que su testimonio sea luminoso para motivar la unión de todos los cristianos y que se siga promoviendo la Palabra del Señor.

En la Cuaresma Cristo nos habla y nos llama a la reconciliación, a poner en práctica todas aquellas acciones que fortalecen nuestra entrega y el compromiso hacia la fe que profesamos. Al ser sus discípulos, todos nosotros debemos estimular la reflexión y promover actos en favor de la paz, la concordia, la solidaridad, la fraternidad y la justicia; lo cual se favorece al poner en práctica algunas de las acciones tradicionales de este tiempo, como son el ayuno, la limosna y la oración, símbolos de nuestra conversión y el compromiso para vivir al modo en que lo hizo Jesús. Cristo siempre ofrece consuelo a quien lo necesita y brinda la esperanza necesaria para que, sostenidos en la fe, sigamos realizando nuestra vida hacia el bienestar de todos los hombres. Por ello, resulta importante que en estos días hagamos a un lado todo sentimiento de egoísmo, pues la Cuaresma es el momento ideal para evaluar nuestras vidas a la luz de las enseñanzas evangélicas y redireccionar lo que sea necesario con el fin de seguir siendo ejemplo y mostrar con nuestra forma de vida los valores que nuestro Redentor nos ha enseñado.