P. Héctor Díaz Fernández, MG

P. Hector Diaz Fernandez, Nuestros articulos, Febrero, 2016

Un día me subí al metro de Corea y me senté, contra mi costumbre, en un asiento reservado para las personas de edad avanzada, lisiados y mujeres embarazadas. En la siguiente estación se subió una pareja joven. La señora llevaba en brazos a un niño como de un año y el esposo cargaba una pañalera. Los únicos lugares libres eran, precisamente, los reservados para personas con ese tipo de características. El señor le dijo a su esposa que se sentara y lo hizo a mi lado, dejando un asiento vacío entre los dos. El hombre se quedó de pie. Cuando el tren arrancó de nuevo, el niño, sin que se dieran cuenta sus papás, se me quedó viendo con sus ojitos negros. Como no dejaba de mirarme, levanté una mano y moví un dedo. El pequeño, sin vacilar, estiró una manita para agarrarme el dedo y luego se paró sobre las piernas de su mamá para poder alcanzarme, pues estábamos separados por un asiento. La mamá se dio cuenta de lo que quería hacer el niño y se movió un poco para que me alcanzara. Cuando por fin llegó a mi dedo, lo tomó con fuerza y comenzó a sonreír y a mover mi mano vigorosamente.

Nuestros articulos, febrero, 2016

Los papás observaban sin decir una palabra, pero admirados del comportamiento de su hijo. Los demás pasajeros notaron la alegría y el cariño con los que el niño continuaba sonriendo, pero también la ternura con la que me miraba y movía mi mano, sin soltarla. La curiosidad, tanto de los padres como del resto de la gente, se debía a que yo soy extranjero. Como mis rasgos físicos son distintos a los coreanos, normalmente cuando los niñitos me miran, en vez de alegrarse, se asustan. En ese momento moví mi otra mano como diciendo “adiós”, pero su mamá me dijo: “Tiene menos de un año; aún no sabe decir ‘adiós’”. Yo le respondí: “Señora, soy sacerdote católico, ¿me permite bendecir a su niño?”. Para mi sorpresa ella agregó: “También nosotros somos católicos”.

Nuestros articulos, febrero, 2016

“¿Cuál es su nombre de bautismo?”, volví a preguntarle. “Aún no estoy bautizada; me estoy preparando para recibir el sacramento, pero mi esposo sí lo está”, me dijo. “Bueno, ahora le voy a dar la bendición al niño y a ustedes; a toda la familia”, agregué, y, sin vacilar, dije en voz alta: “El Señor esté con ustedes”. Ellos respondieron: “Y con tu espíritu”, a lo que continué: “Que Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes”. El niño no soltaba el dedo de mi mano izquierda, pero al llegar el momento en el que tenía que bajarme comenzó a mover su manita diciéndome “adiós”. Me despedí ante la admiración de toda la gente que nos rodeaba. El pequeño no dejó de sonreír. ¿Qué pensarían o dirían los padres del niño y el resto de los pasajeros? No lo sé, pero lleno de alegría y de agradecimiento le di las gracias a Dios. Elevé una oración interior por todos aquellos que, con sus oraciones, sacrificio y ayuda monetaria, hacen posible mi trabajo y el de todos los misioneros y sacerdotes. ¡Ya se han de imaginar que, con el gusto que traía, no me di cuenta si llegué a casa caminando… o volando!