El P. Jesús María Alba Jaime, MG, nació el 10 de julio de 1926, en la familia formada por los señores Francisco Alba Calvillo y María del Carmen Jaime Romo. Fue uno de los doce alumnos que integraron el grupo con el que se fundó el Seminario Mexicano de Misiones, y recibió la ordenación sacerdotal en septiembre de 1955. Dedicó su ministerio a diversos trabajos en favor de la Misión de la Iglesia y proclamó el Evangelio en Misiones de África, América y Asia.

Vivió de cerca las consecuencias de la persecución religiosa en las primeras décadas del siglo pasado en nuestro país. Su padre luchó a favor de la fe y, cuando algún conocido le sugirió dejar de hacerlo, en atención a sus hijos, contestó: “Precisamente porque los tengo –repuso don Francisco– y porque me despojaron de todo el patrimonio que para ellos había reunido, ahora sólo me queda enseñarles cómo se defiende a Dios y cómo se muere por Cristo” (Pioneros, pág. 25).

Cuando el P. Jesús contaba apenas con siete años de edad, su madre le narró la historia que culminó con el sacrificio de su padre, y él empezó a cuestionarse interiormente: “¿Cuál va a ser mi respuesta al sacrificio y al precio de la sangre de mi padre?” (Pioneros, pág. 25). Ese fue el primer asomo de su vocación sacerdotal misionera.

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El P. Alba recordaba que años después, ya como alumno del Seminario de León: “Aprovechando la biblioteca y la hemeroteca, Jesús María no dejaba de ver las revistas, sobre todo El Siglo de las Misiones, Anales de la Propagación de la Fe y El Misionero, así como libros relativos a la actividad misionera de la Iglesia, particularmente las aventuras del P. Segundo Llorente en Alaska. Esas lecturas avivaron en él, seguramente, un ideal que desde pequeño anidaba en su corazón, pero sin perfilarse claramente: la vida misionera” (Pioneros, pp. 38-39).

Años más tarde llegó la primera experiencia en Misiones. Su destino era Corea y, junto con otros sacerdotes, tuvo que hacer el viaje en diversos tipos de embarcaciones, entre ellos unos barcos costeros que contaban con algunos servicios: “Todos los sentidos tienen su actividad: la vista de muchas novedades que nunca terminaríamos de exponer; el oído de música exótica para nosotros; el olfato de cocina popular en la que tanto ajo predomina; las bancas súper duras de cubierta y las astillas de algunas barandas, que nos invitaban a tener cuidado; los sabores de algunos antojos coreanos que algunas señoras nos ofrecían, como las ‘témporas’ (rodajas de cebolla envueltas en huevo y fritas), etc.” (Tinta firme, pág. 116).

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Él sabía que la vida en Misiones estaba llena de alegrías, pero también de arduo trabajo: “El primer domingo vivido en Koksong hubo mucho que hacer: confesiones antes de Misa, atención a fieles que deseaban conocer al nuevo párroco […] una visita al salón parroquial para la presentación de los catecúmenos, etc…. Ese domingo ya podía respirar diferente, con calefacción en casa; pero aún quedaba otro problema: el de la reparación del sistema sanitario […] Esto finalmente resultó muy bien” (Tinta firme, pág. 153).

En la Navidad del año pasado, el P. Alba fue llamado a la presencia de nuestro Señor. En honor a su ministerio quisimos compartir estos fragmentos de textos que escribió, esperando que alimenten el ánimo misionero de nuestros lectores, especialmente los más jóvenes.

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