Publicado en enero de 1950

Estimados lectores de Almas, este mes iniciamos un recorrido por la historia misionera de nuestro país. En esta nueva sección, llamada Memoria de las Misiones, volveremos a compartir con ustedes algunos de los artículos más significativos que se han publicado en nuestra revista desde hace más de 60 años. Esperamos que este recorrido por la memoria de los misioneros que ha dado nuestro país al mundo fortalezca su amor por la evangelización hacia los no cristianos.

 

El 4 de octubre de 1948 salían rumbo a China las ocho primeras misioneras mexicanas.

El Instituto de las Misioneras Eucarísticas de la Santísima Trinidad abría, al fin, los horizontes y señalaba las rutas apostólicas a las embajadas femeninas cristianizadoras de México.

Después de un año, el 13 de octubre de 1949, se despedían a los pies de la Guadalupana —en el Tepeyac— cinco nuevas Misioneras Eucarísticas, que el día 15, es decir, dos días después, partirían anhelosas al Japón.

En estas líneas nos referimos tan sólo a esta última embajada.

Algunos meses antes de su salida, habíanse venido gestionando sus permisos de emigración con miras a establecerse definitivamente en el Japón. No careció de dificultades tal empresa. Era la primera vez en la historia que las autoridades de México se enfrentaban a un caso de esta especie: cinco mujeres solteras, que voluntariamente abandonaban su patria para ir a radicarse en aquel lejano país.

El gobierno del Japón, por su parte, no tuvo dificultad alguna en permitir que cinco nuevas portadoras de la cultura y caridad cristianas se establecieran en su territorio como un nuevo centro de civilización occidental; no obstante, exigió, como en todos los casos semejantes, una detenida y minuciosa tramitación.

Mas, al fin, fue posible vencer todo obstáculo y prepararse a la partida.

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Al mismo tiempo se presentaba otra dificultad, al parecer más complicada de allanar: la parte económica, pues un viaje de esta naturaleza implica fuertes gastos. Las mismas Misioneras Eucarísticas resolvieron el problema: una gira por los estados del norte de la república, haciendo un llamado de caridad a los fieles de aquellas regiones, y la consiguiente generosa respuesta de los católicos fueron la clave del éxito.

Y fue así cómo aquel 15 de octubre inolvidable e histórico pudieron las cinco misioneras alejarse de su patria para llevar a nuestros hermanos japoneses el mensaje sagrado de nuestra fe y el auxilio divino de la caridad cristiana.

Fue necesario que el viaje lo hicieran en barco, tan grande era la cantidad de medicinas, objetos, ornamentos sagrados, ropa, etc., que el generoso pueblo mexicano les había regalado. El avión resultaba incapaz de transportar aquel pesado equipaje.

El 28 del mismo octubre se embarcaron en San Francisco, California, rumbo a su ansiado destino.

Tokio las esperaba con la magnificencia de sus castillos orientales y allá llegaron el 15 de noviembre.

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Después de pasar un día en la capital del que fuera Imperio nipón, se trasladaron a la ruinosa Hiroshima —víctima desventurada de la bomba atómica— para después deslizarse, entre paisajes de ensueño y sugestión, hasta la ciudad de Shimonoseki, lugar definitivo de su residencia y campo de sus apostolados.

Ahora se encuentran ya entregadas por entero a su gloriosa Misión. Los primeros pasos dados han sido aún de alistamiento: aprender y perfeccionar el idioma japonés, acondicionar su casa-habitación, escuela, centros de beneficencia, etc. El campo de su labor es inmenso: las miserias espirituales y morales que aliviar son numerosísimas.

México queda, pues, vinculado con el Japón por medio de sus misioneras y es deber nuestro —patriótico y cristiano— sostenerlas en una posición digna, aun a costa de nuestros sacrificios.

He aquí los nombres de las cinco misioneras:

  • R. M. Ma. del Sagrado Corazón Narro (superiora), nacida en Guanajuato, Gto.;
  • R. M. Ma. Elena Orozco, de Guadalajara, Jal.;
  • R. M. Ma. Oliva de la Cruz Sereno, nacida en Morelia, Mich.;
  • R. M. María Concepción del Sagrado Corazón Silva, oriunda de Chilapa, Gro.,
  • Hna. Ana Ma. del Niño Jesús García, de Encarnación, Jal.