P. Sergio Abel Mata León

Estimados lectores de la revista Almas, mi nombre es Sergio Abel Mata León, originario de Degollado, Jal. Fui ordenado sacerdote el 3 de junio de 2006 en la Diócesis de San Juan de los Lagos, y actualmente me encuentro realizando trabajo misional en la Diócesis de San Clemente de Saratov, Rusia. Tengo poco más de un año en este servicio, y hace poco fui a visitar al P. José Alfredo González Márquez, Misionero de Guadalupe en Japón. Con el viví la experiencia que ahora compartimos en este artículo

Un día el señor Onuma tomó un trozo de madera y, con su navaja afilada, comenzó a tallarla hasta descubrir la figura de una mujer en meditación. Nada podía describir el dolor que invadía su interior: había perdido amigos, familiares y, sobre todo, estaba a punto de perder la esperanza.

Era el año 2011, unas semanas antes, el 11 de marzo, había sucedido una de las peores catástrofes naturales en la historia de Japón: el gran terremoto que provocó un enorme tsunami. Aquel día todo parecía normal, hasta que a las 2:46 de la tarde se sintió uno de los temblores más fuertes de la historia, se activaron las alarmas y el pánico no se hizo esperar. El movimiento de la tierra duró aproximadamente cinco minutos, los cuales parecieron eternos. Sin embargo, lo peor estaba por venir. Después de unos momentos de relativa calma, las aguas del mar invadieron las playas con olas de hasta 10 metros de altura, a lo largo de más de 500 kilómetros sobre las playas del noroeste de Japón.

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Las autoridades declararon más de 2 mil muertes, además de varios desaparecidos, lo que rebasaba toda comprensión humana. La incertidumbre y el caos reinaron. La desesperación y la impotencia se anidaron en las almas.

Pero es también ahí donde empezaron a suceder los milagros. Las historias de supervivencia que se cuentan son innumerables, heroicas e increíbles. La fortaleza y la solidaridad del pueblo japonés se hicieron ver, y las ayudas internacionales no se hicieron esperar. La grandeza del espíritu humano sale a relucir ante las adversidades.

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Muchos fueron los voluntarios que arriesgaron salud, vida y bienestar para ayudar a los afectados, y aún hoy en día hay miles de personas que siguen reconstruyendo los lugares destruidos. Sobre todo, son muchos los voluntarios que siguen dando esperanza a quienes han perdido todo. Organismos internacionales, como Cáritas, realizaron labores titánicas, y todavía en estos días siguen realizando trabajos heroicos

Al caminar por los lugares de la tragedia se percibe una relativa calma, pero es imposible no pensar en lo ocurrido hace cinco años. Las heridas del desastre aún se pueden ver en los campos y en los pueblos, y, sobre todo, todavía persiste una sombra en los ojos de las personas que vivieron aquel drama.

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Nos detuvimos en uno de estos sitios durante un tiempo para rezar por las almas de las víctimas y por las vidas de los sobrevivientes. Visitar los centros de refugiados es una acción noble, pues no sólo es necesario reconstruir los edificios, sino que es necesario revivir la esperanza. Por eso, muchos de los voluntarios únicamente tenían la misión de ir a platicar con los refugiados, darles ánimos y, sobre todo, escucharlos. Tal vez una lágrima en solidaridad hoy no pueda cambiar el pasado, pero es un milagro que alienta a afrontar el futuro con nuevos ánimos.

Tallando madera, el señor Onuma ha realizado más de 3 mil figuras. Es su personal manera de expresar solidaridad con los damnificados; es una manera de orar, descubriendo en cada leño una imagen de esperanza. Figuras de mujeres todas, algunas con niños en brazos y otras simplemente en calma, son el signo de la paz que buscamos cuando quitamos las apariencias.

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Las imágenes son de todos tamaños y todas de pie. Así se puede ver aquella casa sembrada de pequeñas y grandes estatuas, tanto en la entrada como en el patio, en la cocina como en la parte trasera.

En acciones como esta es fácil descubrir que la oración y los actos de piedad son una necesidad del espíritu humano que busca a Dios y que encuentra maneras de ayudar a los demás por caminos que la ciencia no sabe explicar.