P. Ricardo Gómez Fregoso, MG

A lo largo de 15 años de trabajar en Kenia nunca mencioné ni escribí sobre un apodo que me dieron. Pero en el contexto de la celebración de mis 25 años como sacerdote, me di cuenta de que me sentía honrado y me gustaba el apodo que, hasta esas fechas, algunas personas usaban para llamarme cuando visitaba la Parroquia de Guadalupe, en Nairobi. Reflexionaba que aquel era un apodo que me comprometía y me retaba para vivir mejor mi sacerdocio misionero.

Desde que llegue a trabajar a la Parroquia de Guadalupe, en Nairobi, las niñas de la danza litúrgica comenzaron a llamarme Father Jesus, pues decían que con la barba y el pelo largo me parecía mucho a Jesucristo. Yo siempre les respondía que Él era el jefe, y yo únicamente su secretario.

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Al paso de algunas semanas viviendo en esa parroquia me di cuenta de que también algunas de las hermanas religiosas y los jóvenes de la parroquia comenzaron a llamarme abiertamente Father Jesus. Eso me hizo reflexionar que no sólo mi apariencia les debería hablar de Jesucristo, sino principalmente mi vida diaria, mi comportamiento, mi cercanía, mi trato hacia ellos, detalles de cariño… en fin, toda mi persona y ministerio sacerdotal deberían relacionarme con Jesús.

Después de 15 años en Kenia y mientras celebraba el 25º aniversario de mi ordenación sacerdotal, me di cuenta de que me faltaba mucho por trabajar, por ser otro “Cristo” en medio de la gente de aquel país. Reconocía que Dios me ha dado un carácter agradable, la facilidad de relacionarme con la gente y hacerla sentir cercana, bienvenida. También agradecía que a lo largo de los 10 años de trabajar en la formación de seminaristas había ganado la experiencia y el gusto por estar con la gente, escuchar a los demás y hacerles sentir que los apoyo en sus problemas. Pero todavía necesitaba trabajar mucho para confiar en la gente local, creer en su palabra, delegarles asuntos importantes, orar más por ellos.

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Un pecado que cargamos algunos de los misioneros extranjeros que trabajamos en Kenia es que, por las pocas malas experiencias que podemos tener con personas locales, poco a poco cerramos la mente y el corazón a todos. Algunos se quejaban de que los kenianos abusaban de nosotros, o que la gente de nuestros grupos o parroquias nos buscaba por la ayuda o el dinero que le podíamos dar. Incluso llegué a escuchar a algunos que aseguraban que era muy difícil encontrar verdaderas amistades entre la gente local.

La problemática social y económica que se vive en Kenia también va cansando y Artículo cambiando la mentalidad de algunos misioneros hacia la gente local. Sentir que quieren abusar de ti en los precios de artículos que compras o en el transporte público, o que, por ser extranjero, te pidan dinero cuando vas caminado por la calle son vivencias que van haciéndonos más indiferentes a la verdadera problemática de nuestra gente.

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Por todo ello, en la celebración de mis 25 años como sacerdote, 15 de los cuales había pasado en la Misión de Kenia, le pedí a Dios, como un regalo muy especial, que me permitiera siempre tener un corazón de carne, que me diera sabiduría para saber discernir entre la verdad y la mentira, pero siempre con una mano abierta para ayudar, para ser ese Cristo vivo que la gente necesita.

Padrinos, sigan pidiendo por sus ahijados, para que desde el lugar donde estemos podamos ser otros “Cristos” en medio de nuestra gente.