P. Luis Alonso Yepes Cruz, MG

“Porque, si alguien ha acogido ese amor
que le devuelve el sentido de la vida,
¿cómo puede contener el deseo de
comunicarlo a otros?”
(Evangelii Gaudium, núm. 8)

En cada joven que voy encontrando en mi camino misionero he visto cómo la alegría propia de esa etapa de la vida busca su sentido y su orientación. La vida misma de cada joven es una búsqueda constante de algo que está “más allá” de él mismo. En muchas ocasiones se orienta a lo inmediato: una carrera, un empleo, éxito económico, vivir a la moda, viajes, distracciones y el gozo de la tecnología… Sin embargo, esta larga lista de cosas suelen dejar al hombre “contento”, pero no verdaderamente feliz. Por ello, el joven sigue buscando… y, cuando se da la oportunidad de conocer a Jesús, su vida empieza a cambiar: comienza a sentir que su vida tiene un horizonte más lejano y más alto, frente al cual el corazón comienza a palpitar con mayor fuerza y alegría… ¡Dios ha inquietado su corazón!

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No obstante, esta experiencia que mueve internamente es únicamente el principio. El encuentro con Dios es sólo el comienzo de una nueva aventura en la que el mismo Señor va lanzando el desafío diario de buscarle, de encontrarle, de seguirle y de convertirse en su discípulo. Este desafío no se entiende sin una actitud básica: la disponibilidad. El joven puede tener una experiencia muy profunda de Dios, de la talla de los más grandes santos, pero sin la disponibilidad esa experiencia queda en un intimismo estéril. No son pocos los casos en los que he visto a jóvenes que, habiendo encontrado al Señor Jesús en sus vidas, tiemblan de miedo y se desaniman frente a la invitación que Él les hace de seguirlo radicalmente, como fue el caso del joven rico que aparece en el Evangelio de Marcos (10, 17-22).

¿De dónde nace este miedo, esta incapacidad para aceptar el proyecto de Jesús? Sin duda surge de la falsa idea de pensar que nuestros planes son mejores que los planes de Dios. Muchos piensan que el plan de Dios va a destruir sus aspiraciones de felicidad, ¡pero no hay nada más falso que esto! Dios, cuando aceptamos su voluntad, nos ayuda a comprender que nuestra felicidad no está en lo que la sociedad (incluyendo a la familia) nos propone como “vida exitosa”, sino en aquello que vamos construyendo a partir de lo que Dios ha colocado en nuestra vida. La verdadera felicidad llega cuando descubrimos que nuestra vida nos la regaló nuestro Padre Dios, como un don que únicamente alcanza su plenitud cuando se coloca al servicio de los demás.

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El reto en todo esto es descubrir ese tesoro que es nuestra vida (y toda vida es un verdadero tesoro) y saber cómo aplicar cada una de las riquezas que Dios ha colocado en nosotros. Eso es lo que cuesta tanto, porque muchos viven aferrados a las migajas de “felicidad” que el mundo les ofrece y se quedan al margen (o huyen en el peor de los casos) de la invitación que el Señor les hace.

Pero no todo es negativo (¡gracias a Dios!), también hay muchos jóvenes que aceptan el desafío de ser diferentes, de ser testigos de esa plenitud a la que hemos sido llamados. Ellos, al vivir el gozo del encuentro con el Señor, no solamente ven transformarse sus vidas en el servicio a los demás, sino que comparten con otros esa misma alegría al buscar que ese gozo lleve a la comunión con los demás; éste es el origen de la Misión.

Articulo1_abril16_2La alegría de creer en Jesús nunca aísla a la persona, al contrario, la lleva a crear comunidad para que juntos, cada cual con la riqueza de sus dones, construyamos un mundo mejor.

También es importante recordar que el verdadero gozo del Evangelio es siempre vivido en el servicio a los demás, y el mejor servicio que le podemos hacer a la sociedad actual es anunciarle a Jesucristo, pues únicamente el encuentro con Él va a hacer que todos nos descubramos como discípulos-misioneros y que nos empeñemos en la construcción del Reino de Dios, que es el lugar de la verdadera realización del hombre y al cual hemos sido llamados.

Pido la oración de todos nuestros Padrinos y Madrinas, para que lleguemos a ser instrumentos del Señor para que muchos jóvenes, encontrando el gozo del Evangelio, venzan la tentación de la inercia, venzan los miedos que los llevan a paralizarse frente al reto que el Señor Jesús les lanza constantemente, y puedan decidirse a dejarlo todo y consagrarse íntegramente a la tarea de llevar el Evangelio hasta los últimos rincones de la tierra.