P. José Navarro González, MG

Estimados lectores, ya hemos revisado en números anteriores de la revista Almas qué son y cuántos son los sacramentos. Así, vimos que éstos se dividen en: sacramentos de iniciación a la vida cristiana (Bautismo, Confirmación y Comunión o Eucaristía), sacramentos de salud o medicinales para el alma (Confesión o Penitencia y Unción de los Enfermos) y, finalmente, sacramentos de servicio (Orden Sacerdotal y Matrimonio). A continuación hablaremos del primero de ellos.

El Sacramento del Orden tiene su fundamento en la participación del sacerdocio común recibido en el Bautismo. Se trata de un ministerio para servir en nombre y representación de Cristo a una comunidad. Existen tres grados en este sacramento: diaconal, presbiteral y episcopal. Sin la presencia de los ministros del Pueblo de Dios, no se puede hablar de Iglesia.

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El Sacramento del Orden es conferido por la imposición de las manos del obispo ordenante, seguido de una oración consecratoria solemne en donde se le pide a Dios las gracias del Espíritu Santo que son requeridas para el ejercicio del ministerio. La ordenación imprime carácter. Sólo los varones bautizados pueden ordenarse. Los textos base para la ordenación de lo ministros se hallan en varios libros de la Sagrada Escritura: Carta a los Hebreos (5, 1; 7, 11); Salmo 110; Evangelio según san Mateo (26, 26-29); Evangelio según san Marcos (14, 22-25); Evangelio según san Lucas (22, 19-20).

Muchos cristianos ignoran que ellos también son sacerdotes. Esto tal vez se debe a que no han meditado detenidamente sobre lo que dice la primera carta de san Pedro: “Pero ustedes son linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que los ha llamado de las tinieblas a su admirable luz: ustedes que en un tiempo no eran pueblo y que ahora son Pueblo de Dios, de los que antes no se tuvo compasión, pero ahora son compadecidos” (1P 2, 9-10).

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Dice Pedro que somos un “pueblo de sacerdotes”, y sacerdote es quien está consagrado para ofrecer sacrificios a Dios. ¿Cómo es que yo soy sacerdote si no ofrezco sacrificios? Todo cristiano ofrece a Dios todas sus cosas, por eso pertenece a un pueblo de sacerdotes.

San Pablo describió la Iglesia como un “cuerpo” del cual Jesús es la cabeza. En ese cuerpo todos tenemos distintos ministerios, encargos, oficios y dones. En la Iglesia todos participamos del sacerdocio de Jesús, que es el sumo y eterno sacerdote del Nuevo Testamento.

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En este cuerpo místico de Jesús unos han sido específicamente “consagrados”, ya que han sido llamados por Dios para servir a la comunidad como sacerdotes y han aceptado su vocación a una vida específicamente consagrada; es decir, a lo que se conoce como sacerdocio ministerial. Los demás fieles tienen el “sacerdocio común”, pero todos somos sacerdotes.