P. José Navarro González, MG

Estimados lectores, para continuar con lo comentado el mes anterior acerca del Sacramento del Orden, me gustaría recordar que san Lucas dice que Jesús pasó toda una noche en oración y que, al día siguiente, de entre todos los discípulos escogió sólo a doce (Lc 6, 13-16), y ellos lo siguieron a todas partes, aprendieron su doctrina, hasta sus gestos, para quedarse en lugar de Él cuando Jesús ya no estuviera físicamente en el mundo. A ellos Jesús les dio poderes especiales: “Reunió a los doce y les dio poder de expulsar toda clase de demonios y de curar enfermedades; los envió a anunciar el reino de Dios y a sanar enfermos” (Lc 9, 1).

Por su parte, san Mateo dice: “Todo lo que aten en la tierra será atado en el cielo, y lo que ustedes desaten en la tierra será desatado en el cielo” (Mt 18, 18). Los términos de atar y desatar, en vocabulario de los judíos rabinos, equivalía a prohibir o permitir.

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En la Última Cena únicamente estaban los doce apóstoles, y sólo a ellos Jesús les ordenó: “Hagan esto en memoria mía”; Jesús hacia referencia a consagrar el pan y el vino. Después de su Resurrección se les apareció a los doce y les dijo: “A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados, y a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar” (Jn 20, 23). Jesús, además, explicó a los doce: “Como el Padre me envió, así los envió yo a ustedes” (Jn 20, 21).

Los apóstoles hicieron partícipes a otros del sacerdocio que ellos habían recibido de Jesús, porque sabían que ellos no eran eternos y comenzaron a hacer lo mismo que Jesús había hecho con ellos. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, ellos designan “presbíteros” en varias Iglesias (Hch 14). San Pedro da algunos consejos en su primera carta (1P 5), y también se sabe que san Pablo impuso las manos a Timoteo y lo nombró presbítero de Creta (1 Tm).

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El sacerdote es un hombre entre los hombres (cfr. Hb 5) que sintió que el Señor lo llamaba a su servicio. Entonces acudió a un seminario para meditar si en verdad el llamado era de Dios y para que sus superiores y maestros lo observaran y un día lo pudieran presentar al obispo para que fuera ordenado sacerdote.

En la Iglesia católica se continúa la tradición de los primeros cristianos: es un obispo, sucesor de los apóstoles, el que “impone la manos”, símbolo del poder, al que va ser ordenado sacerdote; también se le entrega una patena, un cáliz y los ornamentos sagrados, puntualizando que su misión será “presentar” ofrendas, pan y vino, en nombre de todo el pueblo. Además se le ungen las manos porque van a servir a la comunidad, y el obispo le repite las mismas palabras de Jesús a los doce apóstoles: “A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados, y a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar” (Jn 20, 23). Se le entrega la Biblia, porque es enviado a proclamar la Buena Noticia.

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El verdadero sentido del ministerio sacerdotal es ser un instrumento de Dios. Por eso san Agustín decía: “Cuando el sacerdote bautiza, es Cristo quien bautiza por medio de él”. Nosotros podemos añadir: “Cuando el sacerdote celebra Misa, es otro Jesús que vuelve a consagrar el pan y el vino para darlo a los fieles en alimento. Cuando el sacerdote confiesa, es Jesús que vuelve a levantar la mano para perdonar los pecados. Cuando el sacerdote predica, es Jesús quien quiere servirse de ese instrumento para hacer llegar su Palabra viva a la comunidad”.

No hay que entender que el sacerdote sea un ángel. Se trata de un hombre de carne y hueso, como los demás. Al sacerdote se le ha llamado otro Cristo no porque sea un santo, sino porque esencialmente es un instrumento de Dios para llevarnos a Él.