P. Jorge Luis Anaya Merino

Estimados lectores de Almas, quiero compartir con ustedes mi experiencia, como párroco, en una Semana de Animación Misionera organizada por los Misioneros de Guadalupe en la Parroquia de San José, en Pachuca, Hgo. Considero que para dar inicio a este testimonio es importante decirles que llevo seis meses en esta parroquia, después de haber estado 19 años en el servicio al Seminario de San José, de la Arquidiócesis de Tulancingo, y previamente, tres años estudiando la especialidad de Teología Bíblica. Por ello, se puede ver que esta fue mi primera experiencia parroquial.

Desde mi llegada he sentido la llamada del Señor para conducir a la parroquia por el camino que la lleve a ser una comunidad evangelizada y evangelizadora; y por eso comprendo que la Providencia Divina me puso en contacto con los Misioneros de Guadalupe.

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Del 17 al 24 de enero hemos vivido una experiencia muy particular en la Parroquia de San José: la Semana de Animación Misionera. Desde el primer momento en que me reuní con el P. Rafael Sánchez Díaz, MG, me entusiasmó mucho la manera como me presentó el trabajo a realizar, comprendiendo que la Providencia Divina me estaba abriendo un nuevo camino por recorrer.

En cuanto presenté el proyecto al P. Emmanuel Gómez Vera, vicario parroquial, y al equipo de religiosas que colaboran en esta parroquia, me alegró mucho saber que compartían mi entusiasmo, el cual aumentó cuando además presenté el proyecto al Consejo de Pastoral Parroquial y se logró que, poco a poco, se fuese viviendo una sinergia en torno al gozo por la Misión evangelizadora.

El P. Rafael nos entusiasmó mucho para ir realizando los primeros pasos de la Animación Misionera, y muy pronto los fieles se involucraron y comprometieron en la preparación. También fueron surgiendo diferentes iniciativas que manifestaban la diversidad de los carismas que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia; en medio de dudas, inseguridades y entusiasmo, todos fuimos asumiendo la tarea propia y ayudando a los demás.

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Me gustaba ver cómo los fieles me iban compartiendo, con entusiasmo y alegría, los avances del trabajo que cada uno o los equipos realizaban en cuanto transcurrían los días. Luego llegó el momento de comenzar con el kerigma, el cual tuvimos que iniciar desde dos semanas antes por la extensión de la misma parroquia. Al ver a los fieles que se reunían en los diferentes centros de los sectores para prepararse con una oración y salir alegremente a recorrer las calles para anunciar el Evangelio, experimentaba aquel gozo que seguramente vivió Jesús cuando envió a los apóstoles de dos en dos, y al regresar de la Misión le contaban todo lo que habían hecho (cfr. Lc 10, 1-22).

La Misa de envío fue una verdadera fiesta en el Señor; ¡con cuánto entusiasmo y amor fueron recibiendo a cada uno de los Padres Misioneros de Guadalupe que iban a estar en su sector!, los vitoreaban con porras y aplausos, haciéndoles sentir la alegría de estar entre nosotros.

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Durante la Semana de Animación Misionera se iban realizando diferentes actividades en cada sector y se fueron constatando los primeros resultados: personas que se habían retirado de su práctica de la fe agradecían que se les hubiera visitado en su propia casa para invitarlos a regresar a la Iglesia; fervor creciente durante el Rosario misionero y la alegría de recibir en sus hogares a la Virgen de Guadalupe; devoción y amor hacia Jesús Eucaristía durante las Horas Santas, ninguna de ellas se quedó sin participación nutrida de fieles devotos; las Celebraciones Eucarísticas de cada día fueron vividas con alegría, en un clima verdaderamente celebrativo; el Club de Niños hizo presente la frescura e inocencia de la infancia; el encuentro de jóvenes estuvo lleno de la energía y vivacidad que ellos saben contagiar de manera particular; el gozo de los enfermos que fueron visitados en sus casas para recibir el Sacramento de la Reconciliación y el Sacramento de la Unción de Enfermos, para fortalecer su fe; el acercamiento que muchos fieles tuvieron a la misericordia divina en el Sacramento de la Reconciliación. En fin, se trató de una semana de abundante gracia para la parroquia.

La coronación de toda esta abundancia de gracia la vivimos en la marcha misionera del domingo. Los carros alegóricos, las porras, los cantos, las coreografías misioneras, el colorido de los vestidos, la alegría de proclamar por las calles la fe y el amor por Jesucristo fueron expresión de la fe que se había renovado durante el tiempo de la animación misionera. Celebramos la Eucaristía en la máxima expresión de la palabra: acción de gracias a Dios por el don de su Hijo, que ha venido a hacerse uno con nosotros y a llevarnos al Padre impulsados por el Espíritu Santo, acompañados por la Virgen María, San José, titular de nuestra parroquia, y todos los santos, a quienes invocamos en cada uno de los sectores como patronos. Fue una gran fiesta en el Espíritu Santo, que me hizo pensar en la vivencia de los apóstoles y la Virgen María en el día de Pentecostés (cfr. Hch 2, 1-4).

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Surgió entonces la pregunta de muchos de los fieles: “¿Y ahora qué sigue, Padre?”. Pienso que ya el Señor Jesús ha encendido el fuego por la Misión de evangelizar en el corazón de cada uno de los fieles de la parroquia y no podemos apagarlo; el Señor nos ha introducido a un nuevo servicio en su Iglesia y percibo que ninguno quiere quedarse sin responder. Por eso, ¡ahora sigue la Misión! La parroquia está en disposición de cumplir la Misión de la Iglesia: evangelizarse y evangelizar. Tanto un servidor como el P. Emmanuel y el equipo de religiosas nos hemos alegrado por la respuesta de tantos fieles laicos que acogieron al Señor y ellos mismos nos han evangelizado una vez más.

Agradezco a los Padres Misioneros de Guadalupe su amor a Cristo, su compromiso por la Misión ad gentes, su servicio a nuestra Iglesia mexicana con esta Semana de Animación Misionera, porque nos ayudan a encausar de una manera muy particular y eficaz todos los anhelos por cumplir con la tarea encomendada por Cristo, Buen Pastor, a través Mons. Domingo Díaz Martínez, Arzobispo de Tulancingo.

Me despido recordando que “no hay alegría mayor, que tener a Cristo en el corazón”.