El derecho canónico ordena cultivar entre los jóvenes la vocación sacerdotal. Esta vocación es divina en cuanto al influjo eficiente que en ella tiene Dios, según las palabras de Cristo a sus apóstoles: “No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes” (Jn 15, 16).

Este llamamiento, esencialmente divino, brota y se desarrolla en un ambiente humano. La libertad del hombre, su deliberada aceptación de la vocación, sus cualidades y aptitudes juegan un papel principalísimo.

Dios no llama de ordinario por medio de revelaciones o representaciones sensibles, ni forzando la voluntad del hombre. Su acción sobre las almas es suave, y su llamado, insinuante. Prepara y dispone al elegido, no lo violenta. Desarrolla las cualidades y las orienta. Sobrenaturaliza la intención. Pero el “Sí” definitivo está siempre en labios del joven que experimenta la invitación al apostolado sacerdotal y misionero.

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Sin embargo, nunca debemos perder de vista que, si Dios no se vale de sus ángeles o de acontecimientos milagrosos para llamar a los hombres, sí utiliza los medios ordinarios: el oportuno consejo del sacerdote, un buen ejemplo, una lectura, el ambiente cristiano de la familia, etc., para hacer llegar su llamamiento hasta el corazón de los jóvenes.

 

Aptitudes físicas

Desde luego se exige en los candidatos al apostolado de las Misiones un buen estado de salud para llevar a cabo la necesaria formación en todas sus etapas y cumplir más tarde, de forma eficiente, sus deberes de misionero.

Con frecuencia acontece que una salud precaria no resiste el estudio y el trabajo. Y no pocas veces una naturaleza al parecer vigorosa lleva gérmenes de enfermedad seria, provocados por contagio, herencia, excesivo trabajo, accidente, etc. Con esto no queremos decir que cualquier síntoma sin importancia deba preocuparnos.

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Tomamos aquí la palabra salud en su significado más amplio, a saber: el funcionamiento normal de todo el organismo, de todos los sentidos, y, como consecuencia, la habilidad física para cumplir los deberes impuestos.

 

Aptitudes intelectuales

Hasta el momento de su ordenación sacerdotal, la vida del misionero es preferentemente una vida de estudio. El futuro misionero deberá entregarse durante años al estudio profundo y sistematizado de las ciencias eclesiásticas. Previamente habrá ya terminado sus estudios clásicos científicos y filosóficos.

Para este trabajo se requieren en el joven aspirante aptitudes intelectuales que superen toda medianía. Indudablemente el porcentaje de los inteligentes es reducido; pero no se piden “lumbreras”. Ordinariamente son preferibles los entendimientos capacitados con modestia, pero unidos a un intenso fervor intelectual, en lugar de los cerebros superiores desprovistos de diligencia científica. Lo importante es saber advertir el talento concedido por Dios y hacerlo rendir ciento uno por ciento, a fuerza de constancia y buena voluntad.

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Aptitudes morales

Entre las aptitudes que llamamos morales se hallan el temperamento, como factor innato, las costumbres y, de modo especial, los hábitos de lucha contra las malas inclinaciones y los defectos, principalmente aquellos que tantas repercusiones desfavorables podrán tener en el futuro ministerio: impaciencia, cólera, rudezas en el trato, espíritu altanero, egoísmo, etc.

No basta examinar el problema de las cualidades morales bajo su aspecto negativo. Es necesario tomar en cuenta la facilidad natural o adquirida para adaptarse a todas las circunstancias y perplejidades de la vida misionera; la caridad y la comprensión afables hacia las almas; la adquisición y práctica de todas las virtudes que deben empezar por la caridad hacia los demás y terminar en la caridad misma.

 

Rectitud de intención

Para sostener al joven misionero en la lucha por conquistar y desarrollar todas estas aptitudes es absolutamente necesaria la gracia de Dios. Esta le ayudará a conservar también su orientación sobrenatural, es decir, la rectitud de intención en todas sus acciones. Es claro que la recta intención jamás podrá convivir con el espíritu de ambición humana, con el egoísmo, con la soberbia, ni mucho menos con la avaricia, la envidia o la impureza. Por el contrario, la subordinación de todos nuestros actos hacia el único gran motivo de toda actividad, que es la gloria de Dios y la salvación de las almas, facilitará la humildad el desprendimiento de las cosas terrenas y el celo apostólico.

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Siguiendo el espíritu de la Santa Iglesia, es preciso desarrollar por todos los medios los gérmenes de la vocación sacerdotal y misionera. Esta labor, si se quiere, es lenta y difícil, pero a ningún cristiano le está permitido evadirla. Ya sea el sacerdote en la dirección espiritual, en el confesionario o en el púlpito, ya sean el padre y la madre en el seno de la familia, el maestro en la escuela o los fieles en todas partes con su oración, su consejo y su simpatía, sobre todos los católicos pesa, como un deber de convicción cristiana, cooperar en el aumento de los sacerdotes y de los misioneros.