Santa Isabel Berrones Espejo, MLA

Estimados lectores de la revista Almas, les quiero compartir algo de mi experiencia como Misionera Laica Asociada a Misioneros de Guadalupe. Hace un poco más de cinco meses que llegué a la Misión de Perú. Vivo en Pucallpa, distrito de Callería, provincia de Coronel Portillo, departamento de Ucayali. Todo este tiempo ha sido un proceso nuevo de aprendizaje. Primero fue abrir mi mente a la cultura peruana –más específicamente, a la cultura selvática–, teniendo siempre presente que las cosas son diferentes a como son en México; aunque es el mismo idioma existen muchas palabras que no se usan en la misma forma, por ejemplo, zapatillas en Pucallpa es lo que nosotros llamamos tenis, a la banqueta aquí se le llama vereda, así muchas palabras más.

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Los pucallpinos son muy alegres, y una de las cosas que me han llamado la atención es que cualquier día de la semana hacen fiesta; toda la semana se escucha la música a alto volumen y se ve a las personas bailando.

La Parroquia de San Francisco Javier está formada por la cabecera parroquial (Lomas de Nuevo Pucallpa) y dos capillas (El Rosario y Tierra buena). Estas comunidades están formadas por personas que han migrado de otros lugares, por lo que hay mucha diversidad de pensamientos y maneras de vivir.

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La mayoría de las personas en estas comunidades son humildes y desafortunadamente un gran número de mujeres sufre violencia y abandono. Sin embargo, al mismo tiempo me admira que, a pesar de la adversidad, ellas son muy fuertes y luchan para sacar adelante a sus hijos; trabajan y se esfuerzan por darles lo mejor dentro de sus posibilidades. También se muestran alegres y siempre tienen una sonrisa en el rostro; comparten lo que tienen, poseen un gran corazón, son muy cálidas y les gusta bailar.

Cada persona y cada familia tiene una historia diferente, sin duda de lucha; cuando las escucho me motivan a prepararme más porque en realidad la que aprende soy yo.

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Una de las actividades que realizamos en la parroquia es visitar a las familias, y es en ese momento cuando conocemos más a la comunidad y a cada persona. Al ir caminando hacia las casas, a cada paso que doy rumbo a ese encuentro, sé que no voy sola, pues Dios va conmigo, al igual que mis compañeras y todas las oraciones que ustedes, queridos Padrinos y Madrinas, hacen por los sacerdotes MG, los Misioneros Laicos Asociados, la Misión y las personas que nos reciben. Mis pies son los que dan los pasos, pero la fuerza de su oración es la que los impulsa.

Les pido que sigamos elevando nuestros rezos para que la Misión continúe fortaleciéndose y logremos los frutos que nuestro Padre quiere para todos nosotros. ¡Que el Señor Jesucristo llene nuestros corazones de su amor!