P. José Navarro González, MG

Estimados lectores, para concluir nuestra revisión acerca de los sacramentos de nuestra Iglesia, les hablaré acerca del otro sacramento de servicio: el matrimonio, donde ambas partes se dedican al servicio mutuo y de los hijos. Así, esposo y esposa, sirviendo en unidad, cooperación y solidaridad, sacarán adelante esa gran empresa que es la fundación de una familia.

El matrimonio es el sacramento mediante el cual un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida. Simboliza la unión de Cristo con la Iglesia, pues este sacramento les da a los esposos la gracia de amarse en la misma forma que Jesucristo ama a la Iglesia. En otras palabras, este sacramento perfecciona el amor humano y la gracia que procede de él, reafirma su indisolubilidad y santifica el camino de la vida eterna. De ahí que su celebración deba ser pública. Así mismo, se caracteriza por estar cimentado en la unidad, la indisolubilidad y la apertura a la fecundidad.

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Con frecuencia se escucha la broma de algunos que dicen que el matrimonio es como la Divina Comedia, del poeta Dante, pero al revés. Es decir, que las tres partes: infierno, purgatorio y cielo, en el matrimonio, se dan en otro orden: comienza con un cielo, sigue un purgatorio y termina en un infierno.

Esta broma denota algo trágico que está minando nuestra sociedad: la crisis en los matrimonios, la cual da por resultado un sinnúmero de personas frustradas y de hijos con serios traumas.

En el primer capítulo del libro del Génesis, la Biblia nos dice cómo Dios creó al hombre; pero, a pesar de que lo rodeaban muchas cosas, había soledad en su corazón. “No está bien que el hombre esté sólo”, dijo Dios, y le regaló una compañera para que fuera una “ayuda adecuada” (según palabras de la Biblia). Vibró entonces el primer poema de amor en el mundo; Adán exclamó: “¡Esta sí que es carne de mi carne!”. Añade la Biblia: “Hombre y mujer los creó; los bendijo y les dijo: «Crezcan y multiplíquense». […] Por eso el hombre deja a sus padres para unirse a una mujer, y formar con ella un solo ser” (cfr. Gn 1, 27-28; 2, 18-24). Con esto nos revela la igualdad en la dignidad que tienen el hombre y la mujer, y la complementariedad que hay entre ellos.

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La unión varón/mujer tiene los siguiente elementos:
1. Ambos aparecen como creados a imagen de Dios (Gn 1, 27).
2. Aparecen como complemento uno del otro (Gn 2, 21).
3. Aparecen en unidad perfecta (Gn 2, 24).
4. La relación varón/mujer aparece más fuerte que la de padre/hijo, hermana/hermano (Gn 2, 24).
5. Aparecen en perfecto entendimiento (Gn 2, 25).
6. Ambos reciben la misión de dominar la creación (Gn 1, 28).

Con base en lo anterior podemos concluir que hombre y mujer tienen la misma identidad e igualdad de naturaleza; se afirma implícitamente la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio, y se excluyen la poligamia y el divorcio.

Cuando la Iglesia celebra un matrimonio pretende repetir la escena bíblica de la bendición de Dios para el hombre y la mujer. Por ejemplo, cuando el sacerdote sostiene la hostia en el altar y llega el momento de consagrala, repite las mismas palabras de Jesús en la Última Cena y en ese momento el pan queda consagrado: es el Cuerpo de Jesús; con nuestra fe así lo creemos. De la misma forma, los novios llegan al pie del altar, hacen su voto matrimonial ante Dios y, en ese momento, se convierten en “algo sagrado”; han consagrado su amor el uno al otro ante Dios, para toda la vida. Por eso afirmamos que el matrimonio es el sacramento de la repetición de lo que Dios consagró en el principio.

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Además de los ya citados, algunos textos de la Sagrada Escritura donde podemos leer con respecto al Sacramento del Matrimonio son los siguientes:

“Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán. Lo siguió una gran multitud y allí curó a los enfermos. Se acercaron a él algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?». Él respondió: «¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer; y que dijo: “Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne”? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido». Le replicaron: «Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?». Él les dijo: «Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era sí. Por lo tanto, yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio»” (Mt 19,1-9) (cfr. Mc 10, 1-12).

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“El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio, y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio” (Lc 16, 18).

“Maridos, amen a su esposa, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla. El la purificó con el bautismo del agua y la palabra, porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada. Del mismo modo, los maridos deben amar a su mujer como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo. Nadie menosprecia a su propio cuerpo, sino que lo alimenta y lo cuida. Así hace Cristo por la Iglesia, por nosotros, que somos los miembros de su Cuerpo. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne. Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia. En cuanto a ustedes, cada uno debe amar a su mujer como así mismo, y la esposa debe respetar a su marido (Ef 5, 25-33).

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También es recomendable leer sobre las bodas en Caná (Jn 2, 1-10) y las recomendaciones de san Pablo en su Primera Carta a los Corintos (7, 1-ss).

Estimados lectores, en la próxima ocasión concluiremos los comentarios acerca del Sacramento del Matrimonio y, con ello, esta serie de textos dedicados a acercarnos más a los sacramentos de nuestra Iglesia.