Seminarista Eduardo Cordero Martínez

Mi nombre es Eduardo Cordero Martínez y soy originario de Monterrey, N. L. En la actualidad curso el primer grado de los estudios de Filosofía en la Universidad Intercontinental, como alumno del Seminario Mexicano para las Misiones Extranjeras, pues mi anhelo es ser sacerdote misionero.

Sin embargo, poder afirmar que quiero dedicar mi vida a las Misiones, como sacerdote Misionero de Guadalupe, no fue algo que sucediera de la noche a la mañana. Por eso, en este artículo trataré de compartirles de la mejor forma posible, estimados Padrinos y Madrinas, cómo fue que llegué hasta ese anhelo.

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Vengo de una familia en la que somos tres hermanos, todos varones, y los otros dos son mayores que yo. Antes pensaba que mi mamá sola hizo todo el trabajo necesario para sacarnos adelante a los tres, para darnos todo lo que necesitábamos para vivir: amor, educación, diversión, alimento, techo, etcétera. Pero hoy sé que no fue así, hoy sé que ella no podía sola, pues su fuerza venía de Dios, y en ella pude encontrar el cuidado maternal que nos brinda nuestra Santísima Madre.

A mi madre le debo el aprender a luchar por lo que quiero. De igual manera, de mi abuela aprendí el tener siempre la esperanza en un mundo mejor, y de mi abuelo, la tenacidad, la creatividad y la fuerza. Gran parte de mi infancia la pasé con mis abuelos, bajo su cuidado y protección.

A la edad de 12 años comencé mi vida en una comunidad parroquial a la cuál le debo mi formación como cristiano católico: la Parroquia de San Jerónimo. Participé de manera activa durante diez años en dicha parroquia, en un grupo juvenil llamado Escuadrón, donde forjé mi liderazgo y mi carácter.

De forma simultanea a esas actividades, a la edad de 16 años me llamó mucho la atención un grupo en la parroquia: Misiones San Jerónimo, el cual tiene como actividad principal ir de Misiones al municipio de Galeana. Y fue precisamente ahí, con la ayuda de mis hermanos, pues ellos me encaminaron hacia ambos grupos, donde mi gusto por la Misión comenzó a tomar forma.

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Sin embargo, fue hasta cuando cumplí 18 años que me entró la inquietud por el sacerdocio, para lo cual decidí ir a un retiro vocacional en el Seminario de la Diócesis de Monterrey. Pensaba que para el sacerdocio únicamente había una opción, y la verdad no tenía tan clara esa parte. Dicho lo anterior, confieso que sentí una ligera desilusión por el retiro al que fui, pues no me llamó mucho la atención y decidí entonces abandonar la inquietud por el sacerdocio.

Posteriormente mi vida iba muy bien. No obstante, faltaba algo que sentía que era importante, pero aún no sabía qué era. Comencé a estudiar la carrera de ingeniero en mecatrónica y conocí a una mujer que un año después se convertiría en mi novia. Ella, además, en tan sólo tres años cambiaría mi forma de pensar, mi forma de relacionarme con los demás, y me haría ver las cosas de una manera diferente.

La parroquia en donde estuve es, hasta la fecha, una parroquia donde se vive a Cristo en silencio, con ruido, con lío, formal, divertido, reflexivo, en contemplación, etcétera, y resulta prácticamente imposible estar solo en Misa; y no me refiero a la cantidad de personas que asisten, sino a que siempre encontramos alguien con quien compartir y celebrar la Eucaristía. Sin embargo, en una ocasión estuve solo en Misa, únicamente Él y yo, y fue justo ahí donde el Señor me llamó en la persona de un sacerdote Misionero de Guadalupe que se encontraba realizando una colecta promovida por el Instituto y de quien hoy en día sigo sin conocer su nombre.

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El primer llamado del Instituto fue para ser Misionero Laico Asociado a Misioneros de Guadalupe, y consistía en recibir una formación de un año en una comunidad hñahñú (otomí), en Ixmiquilpan, Hgo., para después partir a una Misión en el extranjero, donde colaboraría durante tres o cuatro años, para después regresar a la patria. Esto inflamó mi corazón y era algo que quería hacer; no obstante, para realizarlo tenía que tomar una difícil decisión.

En ese entonces ya había terminado la carrera y me encontraba trabajando, pero la decisión más difícil fue hablar con mi novia, pues cuatro años era un tiempo muy considerable. Ella, de manera difícil y no dudo que con mucho dolor, me apoyó de manera incondicional, al igual que mi familia y mis amigos. Este apoyo de mis seres queridos fue muy importante para tomar la decisión.

Sin embargo, a mediados del año de formación, que había sido un tiempo lleno de vivencias con Cristo y conmigo mismo, a casi siete años de haberlo descartado, vuelve nuevamente la inquietud por ofrecer mi vida para el sacerdocio, aunque ahora con una perspectiva diferente, pues el Instituto de Santa María de Guadalupe para las Misiones Extranjeras me hizo “darme cuenta” de que el sacerdocio es como el matrimonio: cuando te casas, lo haces con una mujer que definitivamente es diferente a las demás. Hay mujeres más serias que otras; hay mujeres con las que te la pasarás de viaje o viendo películas en casa; hay otras con las que vivirías en una playa y otras con las que preferirías estar en el centro de la urbe; cada una es diferente. Con el sacerdocio pasa igual: hay sacerdotes que se encargarán de guiar a una comunidad en una parroquia, otros que se dedicarán a confesar, otros que estarán en hospitales, otros en orfanatos, escuelas, centros de formación, y otros que serán sacerdotes misioneros.

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En ese tiempo volvió el interés por ser sacerdote, pero ahora con una perspectiva misionera. Por ello, a mi madre, que en el mes de marzo cumplió años, en el día internacional de la mujer, le dije: “Mamá… ¡quiero ser sacerdote, pero por mi parte no serías abuela!”.

Les agradezco mucho, queridos Padrinos y Madrinas, por el apoyo que brindan al Instituto y a todos los jóvenes que queremos servir a Dios a través del sacerdocio misionero. Espero que el Señor les retribuya sus sacrificios, y daré todo de mi parte en el seguimiento de mi vocación para llevar la Palabra de Cristo a los lugares donde todavía no lo conocen.